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En tiempos de crisis sociales como las que se viven actualmente: empobrecimiento de la condición humana, las horrorizantes situaciones discriminatorias, la violación de derechos humanos, el conflicto armado, la pauperización económica, la corrupción, la contaminación ambiental, la extrema pobreza, la trata de mujeres y el narcotráfico, entre otras, nos estimulan a reflexionar hoy los conceptos de universidad (U) y de educación (E) en sus propósitos y sentidos.
Por: José Darwin Lenis Mejía*
Históricamente éstos han encarnado un espacio protagónico de protesta, denuncia y contrarespuesta a pesar de las más difíciles situaciones, entornos y contextos en que se suceden los hechos referidos. La U y la E surgieron como sitios creativos de censura ante las injusticias sociales y otras dificultades de orden político y/o económico, todo por considerarles espacios propicios para promover el pensamiento crítico, la libertad de ideas y el desarrollo de la diversidad cultural e intelectual. Así la U y la E han sido siempre un lugar de posibilidad de pensamiento divergente y liberador, ya Jhon Henrry Newman advertía que “la formación intelectual para el desarrollo del conocimiento es la finalidad principal de la educación. El conocimiento es un bien en sí mismo y como tal, un fin, no sólo un medio”.
Mirar la U y la E como emergencia de pensamiento es vitalizante para concebir que la diferencia de ideas e imaginarios en el colectivo de un país fortalece la pluralidad de soñar una nación renovada y en paz. Por esta razón, el tema del conocimiento vuelve a adquirir relevancia en este siglo XXI, considerado, precisamente, como el siglo de la educación y del conocimiento.
En este sentido, no se comprende el lugar pasivo de la actual universidad en Colombia. El cansancio que evidencia la U para pensar, para construir opinión sociopolítica, liderar procesos territoriales, de proyección nacional y de emancipación, están lacónicos de vitalidad y frágiles de una voz autónoma. Interrogarnos ¿por qué se ha debilitado el sentido de la U y de la E? es mirar las implicaciones de las acreditaciones de calidad que parametrizan o regularizan las ideas, la poca inversión en educación que debilita la innovación y concreción de lo creativo, la débil formación filosófica-ideológica que hace perder los ideales, el seguimiento disciplinado a los planes de desarrollo para adquirir recursos que obligan a “obedecer” el mandato del proyecto, la influencia de la política neoliberal que mercantiliza la U y la E.
Infortunadamente, los discursos y muchas de las acciones de la U y de la E están plegados, “incluidos” e interiorizados en la lógica de no pensar, y hacer más de lo mismo que se pide hacer desde la política educativa inter-nacional.
Perder las movilizaciones, las protestas y la investigación es señal que se sufre del rigor técnico-eficientista que ahoga el pensamiento, lo regulariza, que ahoga la mirada crítica que impulsa la disrupción. Inversamente, por esta vía se gana y se pierde, se gana cuando se posiciona la educación tecnisista de calidad en resultados como nuevo paradigma de la U y la E, pero se pierde la memoria del significado de los vocablos en su filosofía, objeto y génesis. Pensar sin temores, sin eufemismos es el grito consigna para recuperar el sentido y sitio autentico que le corresponde a la U y la E en la sociedad colombiana.
* Profesor Univerisidad Icesi