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¿Qué tal el descaro del Gobierno colombiano haciendo escándalo por la “chuzada” del teléfono del cónsul en Venezuela, feliz hablando con José Obdulio de la derrota de los chavistas?
Lo que pasa es que Chávez hace lo mismo que Uribe: manda “chuzar” a todo el mundo y el que da papaya pierde. Tanto escándalo, cuando acá en Colombia los únicos que no tienen el teléfono “chuzado” son Uribe y los uribistas. Como dirían, tras de ladrones, bufones.
Natalia León Wolff. Cúcuta.
DMG, otro rostro de la fantasía
No halaga saber que esta barahúnda del dinero a borbotones fue apareciendo como si Aladino hubiese resucitado. Y no con el concurso de una generosidad social, sino tras el perverso objetivo de la codicia de unos pocos. No halaga digo, que este acontecimiento haya obtenido más contundencia política en la imagen de un gobierno en deterioro, que todas las masacres precedentes.
Pasma y preocupa el derrumbe moral en las costumbres del colectivo. Que en el orden de jerarquías el dinero haya desplazado por completo a la vida, testimonia hasta qué punto la filosofía capitalista ha subvertido el esquema de valores. Ni la yidispolítica, ni la alta tasa de desempleo, ni los eufemísticos falsos positivos, ni la desmesura invernal pudieron golpear con la contundencia que lo hizo DMG.
Colombia es un país desmembrado en su conciencia moral. La sola mentira debiera ser una causal punible. Sin tener que asociarla con la conducta jurídica. Como la inmediata mentira —que no la última— de los líderes de la recolección de firmas para un nuevo mandato presidencial. Otro segmento, en este extenso tratado de la vergüenza pública. Nadie hubiese imaginado en el inmediato pretérito, que un caudal de compatriotas fueran capaces de recolectar semejante volumen de dinero para una finalidad tan fantasiosa como incierta. Lo que revela el grado de incertidumbre económica en que fluctúa el pueblo colombiano.
Sin seguridad social, laboral y financiera, la seguridad democrática se queda en el prólogo de las grandes soluciones. La gente no naufragó por codicia, sino por ese agujero negro en que se ha convertido el futuro nacional.
Carlos Ossa. Medellín.
¿Hacia dónde vamos?
El someter las operaciones de las Fuerzas Militares a autorización directa del comandante de las mismas, general Padilla de León y éste a su vez tener que consultarlo con sus abogados para analizar la legalidad de cada acción, tal como lo anunció el Ministro de Defensa, paraliza el accionar del Ejército Nacional y equivale, ni más ni menos, a acabar la política de seguridad democrática. ¿Hacia dónde vamos? ¿Un despeje? ¿Un nuevo Caguán nos amenaza? Urge la cordura para reencauzar el ordenamiento de la Nación antes de que sea tarde.
Rafael Jordán Rueda. Bogotá.
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