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Sobre el Voto Nacional

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En estos tiempos de reelección, hablar del Voto Nacional suena a política electoral. Sin embargo, el artículo de Laura Muñoz (El Espectador, 10-II, p 20) titulado “La casa de Dios se cae”, me ha suscitado algunas reflexiones.

Por un lado, la fuente que cita la reportera Muñoz, el padre Darío Echeverri, dice que “el Voto Nacional es un referente del pasado, de la paz y de la reconciliación”. Creo que hay que hacer una arqueología profunda de esa afirmación que, por supuesto, escapa a esta breve nota, pero que deseo insinuar. La consagración de Colombia al Sagrado Corazón de Jesús no podía ser símbolo de paz ni de reconciliación, pues fue impuesta por los católicos a las mayorías de esa época (indígenas, que no habían sido “evangelizados” o que se resistían a ello; negros; protestantes y de otras religiones; ateos) y además porque dicha consagración, como consecuencia del Concordato de 1888 (nos recuerda el historiador Lynch que dicho acuerdo entre el Vaticano y el gobierno conservador colombiano de Núñez, fue el más favorable de todos los que se firmaron en América Latina, ya que el Estado colombiano les entregó por completo la educación pública a las comunidades religiosas) fue una apuesta por la intolerancia y la persecución política contra los librepensadores radicales. Si de algo es símbolo el templo del Voto Nacional es de la “justicia de los vencedores” y de la persecución política de los conservadores, secundados por sectores de la Iglesia Católica. Recordemos que en esa época no había libertad de cultos y el Estado invertía los recursos públicos en promover la fe católica, discriminando abiertamente a los no pertenecientes a ese credo. Así que, ahora que ya estamos bajo la Constitución laica de 1991, hay que preguntarse hasta qué punto es legítimo que los contribuyentes paguemos por ese símbolo.

Otro tema para discutir, algo al margen de estas cuestiones, es el valor arquitectural y artístico de la iglesia del Voto Nacional, en el que acertadamente pone el énfasis Muñoz. Gracias a El Espectador por indagar en las memorias de nuestra ciudad y por mostrarnos el estado actual de nuestro patrimonio.

Aristides Fernández. Bogotá.

Elogio a la Universidad de Antioquia

Varias veces he tenido la oportunidad de compartir con profesores y estudiantes de la Universidad de Antioquia en eventos de filosofía. Siempre he disfrutado el trato cálido y me he maravillado con las políticas culturales de esa Universidad. Por dicha razón, me alegra aún más, leer la separata Alma Mater de dicho claustro, que suele publicarse con El Espectador. Una publicación que se ha convertido en el espacio de debate interdisciplinario que alguna vez también fue U.N Periódico. Quiero felicitar públicamente al Departamento de Publicaciones de la Universidad de Antioquia por el anuncio de la creación de la “Biblioteca clásica para jóvenes lectores”, que incluye autores como Sófocles, Platón, Montaigne, Shakespeare y Borges. Muy bien elegida la selección de libros, que contiene teatro, filosofía y literatura. Quizá lo único que les sugeriría para la continuación de la serie, más allá de entrar en las polémicas de Harold Bloom sobre cuál es el canon de lo “clásico”, es incluir poesía. En ese sentido, es interesante leer el libro de Alain Badiou, Condiciones, donde el filósofo francés hace un estudio de siete poemas “indispensables” para entender la modernidad (Holderlin, Rimbaud, Celan, Pessoa, Mandelshtam, Trakl y Mallarmé).

La “Biblioteca clásica para jóvenes lectores” se une a esfuerzos de otras universidades (“señal que cabalgamos” de la Nacional, “un libro por centavos” del Externado) por divulgar libros gratuitos. Así como existe la red de radios universitarias de Colombia y el canal universitario, ojalá pudieran asociarse las universidades en proyectos como éstos, para que los libros roten por otros claustros y otras ciudades.

Alberto Bejarano. Bogotá.

Envíe sus cartas a lector@elespectador.com

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