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No pocos aseguran que la no reelección del Presidente una vez más sería una hecatombe que daría al traste con la seguridad, la inversión y la confianza que el Gobierno ha logrado hasta ahora.
Este pensamiento refleja la mediocridad de nuestra clase dirigente y de los uribistas en particular, porque si los logros de un gobierno dependen de un hombre y a falta de esto se va todo al traste, ¿de qué sirvió su mandato? Y si para sostenerlos se necesita de él, es algo así como aceptar que es un “ungido” y los demás no tenemos neuronas para repensar lo que hizo, consolidarlo y obviamente mejorarlo.
La seguridad democrática es una necesidad y no sólo una política de Uribe, la seguridad es un presupuesto básico para la existencia misma de la democracia y la garantía de unos estándares de calidad de vida en favor de todos los ciudadanos. Nadie medianamente sensato pensaría que la de Uribe ha sido una mala gestión, pues a pesar de que es el candidato preferido de los paramilitares —lo que no quiere decir que sea paramilitar o promueva este fenómeno— y a pesar de que la mayoría de su copartidarios estén enredados por la parapolítica, con todo y eso Uribe nos ha legado un país menos violento, con mayor inversión y con una guerrilla prácticamente vencida y moralmente aniquilada. Pero eso es un paso y a largo plazo resultará insuficiente.
Nadie dudaría de la necesidad de que la guerrilla y el paramilitarismo desaparezcan, es un paso importante en el crecimiento económico, pero más que el crecimiento —que es un buen síntoma— se necesita una política de desarrollo incluyente, pues los Estados sociales de derecho se hacen precisamente para eso, para que quepamos todos y se garantice sin distingo alguno la dignidad de todos. Allí se queda coja la seguridad democrática, pues su visión es demasiado militarista y tiene falencias sociales de fondo, la política social de Uribe se reduce a subsidiar a los ricos ahorrándoles carga impositiva y a los más pobres, dándoles el pescado con 150 mil pesitos mensuales a través de Familias en Acción. Ni lo uno ni lo otro sirve y para resolver el problema de fondo, que es la pobreza, generadora de injusticia social y partera de toda clase de violencia y terror. Los resultados de Uribe en educación, inserción económica de víctimas de la violencia, industrialización del agro, moralización de la administración pública son pobres. De nada sirve vencer al trinomio maligno narcotráfico-guerrillas-paramilitarismo sin avances concretos y medibles contra la concentración inicua de la riqueza, tarea histórica que debemos sortear si es que pretendemos algún día alcanzar índices de desarrollo en todos los niveles como condición cardinal para una paz total, una Colombia próspera, con un sector productivo y empresarial responsable socialmente y solidario, con políticas públicas de inclusión dirigidas a las fuerzas vivas hoy excluidas o reducidas a vivir del rebusque.
Con la segunda reelección de Uribe Colombia desaparecería y sería anulado todo un esfuerzo de construir democracia desde la Constitución del 91, con un Ejecutivo con altos índices de popularidad, un control absoluto de los medio de comunicación, un Congreso deslegitimado y corrupto y un Poder Judicial mutilado. Se le daría paso a una nueva república: “Urombia”, el país de Uribe y a la imagen y semejanza de Uribe.
No se puede ceder ante el terrorismo; pero nos negamos a creer que sólo Uribe pueda sostener una política de seguridad democrática. Su gobierno ha sido bueno y sus logros importantes, pues nunca olvidaremos que gracias a él los colombianos pudimos hacer nuevamente el sancocho de olla sin que nos secuestren o nos maten.
Halinisky Sánchez M. Bogotá.
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