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Vicisitudes del gobierno

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Como heredero político de su tío abuelo, el presidente Santos pretende quedar bien con todo el mundo. Santos busca también estar en todas partes, incluso fuera de las fronteras nacionales, alimentando una imagen de liderazgo regional y componedor político.

El presidente ha manejado con mesura los deslices de su coalición y las críticas frente a la insuficiencia de atención a comunidades víctimas de desastres naturales. El abandono de los gobiernos ante la población desprotegida y sumida en la miseria alcanzó niveles de saturación.

Osadas —aunque insuficientes— políticas sociales, como la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, ayudaron a mantener la imagen favorable del presidente en la opinión pública, a pesar de que van en contravía de su modelo neoliberal de desarrollo reflejado en el símil de las locomotoras. El vacío de la educación es el mejor ejemplo de tal contravía, pues con calidad sería un motor para reversar nuestra paradigmática inequidad social.

Una vez chuleada la costosa cumbre de Cartagena y sus ambivalentes resultados, el presidente recibió un golpe que para él fue doloroso: el bajonazo de su imagen en una encuesta que refleja las expectativas despertadas en sectores populares frente a la escasez de resultados. Este es el termómetro para quien espera una pronta reelección y la proyección de su imagen en la historia. De ahí que la respuesta presidencial fuera inmediata: un programa urbano de vivienda popular gratis.

Pero tal vez el mayor vacío de su pretendida lista de políticas es la búsqueda de paz, pues no ha variado el objetivo uribista de exterminio de las Farc. Como ministro de Defensa supo enderezar la falta de resultados de la cacareada política de seguridad democrática frente a esta guerrilla. Pese a su arrogancia, las Farc lograron después adaptarse a la nueva realidad para amainar los golpes recibidos.

Ya como presidente, con un crecimiento sostenido de costosos recursos militares, Santos prosiguió con su modelo israelita de cortar cabezas mediante el uso desmesurado de la fuerza. Pero las Farc, retomando milenarias estrategias de la guerra de guerrillas, han respondido con golpes a la Fuerza Pública. Sólo hasta hace poco los militares pudieron adecuar su estrategia diversificando sus medios.

Con una oxidada llave de la paz entre el bolsillo, el presidente teme asumir riesgos (¿para su reelección?) frente a la polarizada opinión pública de mayorías recalcitrantes heredadas del ‘Estado de opinión’. En materia de paz hay que abandonar la falsa dicotomía de negociación o guerra heredada del fiasco del Caguán, reemplazándola con el uso de variados recursos que brinda la política.

Las Farc han sabido tomar la delantera, e incluso comunidades afectadas lo hicieron a través de la llamada ‘marcha patriótica’, con injerencia o no de la guerrilla. Pero Santos no se le mide al recurso de movilización, pues la concentración de Necoclí fue sólo un ensayo de tramoya.

¿Podrá así el presidente salir de la encrucijada de sus contradicciones? ¿Será factible compaginar con voluntarismos la supuesta sapiencia del mercado con reformas sociales para beneficio de los pobres? ¿Podrá liberarse el Gobierno de la destructiva inercia de la guerra como medio para lograr una supuesta pacificación? Parecería, pues, que la Casa de Nariño buscara acá la cuadratura del círculo.

Francisco Leal Buitrago

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