Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Ésta estúpida guerra ha minado la confianza y destruido la noción del bien común en la mente de muchos colombianos.
Creer en utopías en este momento de limbo político por el que atraviesa el país, puede resultar un ejercicio extremadamente cándido. Ante tanta esquizofrenia nacional, pensar que mis connacionales del NO van a deponer sus egos para que como bien dice Antanas Mockus, prime el interés general sobre el particular, es casi un imposible.
Lo que sucedió el dos de octubre me parece preocupante, pero más aún, lo que ha sucedido después. ¡Hay que renegociar! ese el mensaje que ha corrido por todos los rincones del país; es una forma muy olímpica de desechar lo que se ha construido a lo largo de estos cuatro años. No sé qué me produjo más angustia. La derrota en las urnas del Sí, o que el país se haya despertado al día siguiente con la conciencia tranquila diciéndose por todos los medios de comunicación, que ahora sí tenemos que unirnos los de un lado y los del otro. Lo que pasó el dos de octubre fue un gran acto de ingratitud, desprecio, inconsciencia, ignorancia y desvergüenza.
El principal enemigo de la paz -queda claro- es la mentira, y duele ver que la mentira en la política le secuestró el alma a millones de colombianos y los volvió fanáticos. Por otro lado, me parece muy alentador, casi como un mensaje de salvación, que el voto de los niños fue por el sí. Con esto, lo que queda claro de este desenlace, es que la soberbia no es de los del Sí, o de los del No, es de los adultos. Nuestras generaciones no pueden darse el lujo de poner en juego el futuro de los niños, ni dejar pasar oportunidades concretas, serias y trabajadas con idoneidad y mucho esfuerzo como lo fue este Acuerdo.
Pensemos por un momento qué es lo que el Centro Democrático va a renegociar en el fondo. Queda claro después de las salidas de Pastrana, Ordoñez y en especial de Uribe, que no son los acuerdos sino la repartida de la mermelada de uno que otro ministerio y quién va a ser el próximo presidente. ¿Será este un delirio de mi parte? ¿Me equivoco al pensar que la negociación seria de los acuerdos demanda una integridad de la que carecen la mayoría de nuestros políticos? ¿Podemos creer en serio que todo el show de la oposición al plebiscito se debe a la convicción de que un mejor escenario de posconflicto es posible?
Por otro lado, pensemos en la conciencia de los colombianos, en especial de aquellos que votaron por el NO. ¿Será que en un plebiscito similar con los grupos paramilitares habría ganado contundentemente el sí? Yo creo quizás que hubiese habido menos divisiones en la sociedad y poco tiene que ver con una lectura crítica y juiciosa de los acuerdos, sino con prejuicios, pereza mental y una cultura política vergonzosa.
¿Qué salidas podemos tener ante semejante enredo? A nivel de la sociedad, no veo salidas prontas. A nivel general, como en toda sociedad los valores son unidades de transmisión cultural que se heredan a través de procesos de socialización y experiencia, y que construyen la identidad propia de un individuo o de una sociedad, a la vez que le indican a la persona lo que vale la pena realizar y promover; lo deseable, lo aceptable, lo bueno, etc.”. Particularmente, en nuestra sociedad, existe una disonancia cognitiva entre el ser (lo que hacemos) y el deber ser (lo que valoramos, que a su vez impulsa y motiva la acción de las personas). En este caso los colombianos tenemos una predisposición para el no acatamiento de la ley (deber ser), respondiendo a comportamientos tales como la cultura del atajo y a la informalidad para la resolución de problemas.
Así, se valora por ejemplo la riqueza, pero los medios o acciones que tomamos para adquirirla, tienden a ser inmediatistas y desviados, en tanto a que se distorsionan los valores y se relajan o se tranzan. Esto expresa, una incapacidad de vencer nuestras propias pasiones, que nos hacen fácilmente sobrepasar las barreras de lo permitido.
Así las cosas, el anhelo de la sociedad por alcanzar una paz estable y duradera, a partir de un consenso nacional –legítimo- lo veo lejano. Pensemos por un momento la relación entre nuestros valores colombianos y lo que fue la campaña por alcanzar una Paz estable y duradera; si nos fijamos, se reflejaron perfiles tales como la desconfianza; la disposición de aprovecharse de las oportunidades que a los del Sí o los del NO se le presentaron, en ambas se invocó la paz como el principal valor a seguir, pero estando dispuestos a evadirla cuando se le presentaran situaciones de confrontación y debates entre unos y otros.
La paz en Colombia está atada a una instrumentalización de las instituciones por lógicas privadas y facciones políticas, las cuales generan una fragmentación social, impidiendo una voluntad colectiva así como poca disposición para asumir la Constitución como pre-compromiso que asegura la estabilidad de las personas.
En otras palabras, el anhelo de reconciliación entre unos y otros en Colombia es por un lado muy bajo y por otro, ha evolucionado en formas perversas como el atajo, la corrupción, el clientelismo, la violencia y otras conductas predatorias. Las experiencias de acción colectiva y de asociatividad más exitosas de la campaña, resultaron estar del lado de la mentira, donde el relativismo ético y moral caracteriza hoy a las voces del NO, reivindicando el equilibrio del poder y statu quo de la sociedad.
Ésta estúpida guerra ha minado la confianza y destruido la noción del bien común en la mente de muchos colombianos. El NO ganó por los bajos umbrales educativos, la importante recurrencia a fuentes de información no validadas y la baja asociación y participación. Al parecer, esta campaña cochina, deja ver cómo se han perdido los modelos de comportamiento que se oponen a conductas destructivas e intolerantes y que imponen el respeto a la ley, la convivencia pacífica, el bienestar colectivo y la confianza.
Dos salidas le veo a este tremendo embrollo: Que el Consejo Nacional Electoral, emita un concepto a la Corte Constitucional diciendo que en la Costa se deben repetir las elecciones por falta de garantía electorales, que hicieron que un 80% de posibles votantes, no hayan podido votar por situaciones climáticas. Es una salida igual de arriesgada a la convocatoria del plebiscito mismo, donde podría definitivamente el NO legitimar su poder, dilatando el proceso hasta el 2018, cuando podrían lanzarse a las presidenciales. La otra salida, si bien implica la muerte política del presidente de República, es que apegándose a su deber constitucional, se logre un acuerdo rápido, revisado por la oposición, pero sobre todo impuesto a través y únicamente, de sus facultades como comandante en jefe de la nación.
*Diego Chaves, politólogo de la U. Javeriana con maestría en políticas públicas del Instituto Tecnologico de Monterrey. Candidato a maestría en relaciones internacionales en Inglaterra.