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A tres años del gobierno de Gustavo Petro, este perdió cualquier posibilidad de forjar un proyecto de históricas reformas para su cacareado cambio. Con dificultad se encuentran logros para rescatar y, si asoman, el mismo presidente se encarga de opacarlos con su perenne pelea con el mundo y el lodazal de escándalos que lo rodea, que aunque intenta evadir, le restan cualquier capacidad de maniobra política. Esto no le ha impedido, sin embargo, participar con descaro en política electoral al pretender conformar listas para el próximo Congreso comprometidas con una constituyente a su acomodo. ¿Será este acaso el vehículo para atornillarse en el poder durante cien años de soledad?
Petro ha demostrado que su corrupción no se limita al saqueo visible del erario, a sus malas prácticas clientelistas, a la indelicadeza en el uso de recursos públicos o al tráfico de influencias: también su forma de ejercer la presidencia envilece la majestad del cargo, mostrando una degradación personal e institucional que lo ha hecho indigno en los términos del artículo 175 numeral 2 de la Constitución. Mientras tanto, la fementida Comisión de Acusaciones encargada de investigarlo —siempre cooptada por el poder— es rey de burlas, incapaz de poner lo suyo para iniciar cualquier proceso a un presidente desbocado montado sobre un presidencialismo exacerbado.
En la acumulación de desórdenes y a fuerza de repetición, lo más corrosivo es ver cómo la corrupción termina por no sorprender, convirtiéndose en materia prima de memes que trivializan la tragedia; la ciudadanía pasa del asombro a la carcajada y la costumbre anestesia la indignación. Algo similar sucede con la llamada “normalización de la desviación”, explicada por la socióloga Diane Vaughan, cuando la infracción repetida deja de percibirse como tal porque ocurre una y otra vez hasta que termina siendo aceptable en la toma de decisiones de alto riesgo en las grandes organizaciones. Aplicado a otro contexto, la teoría de Vaughan sirve para explicar lo que ocurre a una democracia cuando el caos es el pan de cada día convertido en lo natural, de tal manera que el lindero de lo aceptable tiende a desplazarse.
No obstante la corrupción política ha existido siempre en Colombia, Petro abrió las puertas a un modo muy personal e institucional de gobernar que creará el precedente de una cultura política moldeada para tolerar la desviación. La tarea de su sucesor o sucesora va más allá de recuperar el desastre que encuentre en todos los niveles y sectores: deberá revertir un aprendizaje social, reconstruir el umbral de intolerancia a la infracción, desempeñarse con el decoro como lenguaje de respeto, devolverles espesor simbólico a los ritos institucionales y reanudar la diferencia entre la voz del mandatario y la del ciudadano. Eso requiere de rigor tanto en las normas como en las formas, separar militancia de administración, rodearse de equipos técnicos con experiencia en lo público y reivindicar la decencia en el ejercicio del poder. Solo así podrá recuperarse el recto criterio que permita a la ciudadanía juzgar lo inaceptable y reclamar el retorno de la dignidad de lo público, cada vez más consumida en un albañal.