Publicidad

Camilo y la nueva memoria (I)

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

La figura de Camilo Torres representa una oportunidad y un desafío para construir una memoria nacional incluyente.

A mediados del pasado mes de febrero, un grupo de simpatizantes del sacerdote marchó pacíficamente desde Barrancabermeja al municipio de El Carmen de Chucurí, en el Magdalena medio santandereano, para conmemorar los cincuenta años de su muerte y apoyar la erección de un monumento en su nombre. Mientras la marcha avanzaba, un grupo de habitantes de El Carmen se manifestó con pancartas para oponerse al homenaje y bloqueó momentáneamente la vía principal de acceso al municipio.

Esta colisión entre simpatizantes y opositores de Torres revela las disyuntivas que debe enfrentar la construcción de una memoria nacional para el post-conflicto. Al hablar de Torres la apuesta es más grande de lo que puede imaginarse, pues más allá de la figura individual, el aspecto conmemorativo prueba la necesidad de transigir y negociar el significado del espacio y del tiempo.

Fue en los términos actuales de El Carmen donde se instaló la brigada que bajo la dirección de Fabio Vázquez fundó el primer campamento del Ejército de liberación nacional (ELN), en la región del Cerro de los Andes, en el año de 1962. También fue cerca de allí, en el sitio conocido como Patio Cemento, donde Torres murió en su primera experiencia de combate frente a tropas de la Quinta Brigada del ejército. Se trata de un espacio fundacional, que conjuga el inicio de la gesta revolucionaria y el aspecto mítico que le confiere haber recibido la sangre de uno de sus máximos líderes. Sin embargo, esa lectura de las cosas no deslegitima en absoluto la oposición a la erección del monumento, pues una parte de la población de la región no apoyó la toma del poder por la vía armada y debió padecer la aparición de un poder militar que transformó la región en una de sus máximas áreas de influencia.

El momento en el que tuvo lugar la colisión resulta tan importante como el lugar para entender lo que está en juego. Reivindicar la figura de Torres como parte integrante de la historia política y eclesiástica colombianas es una decisión acertada; esclarecer el lugar donde reposan sus restos es una obligación del Estado; y en fin, subrayar los ideales de justicia y caridad que animaron su conducta son vías eficaces para subsanar heridas e incentivar una convivencia pacífica con bases diversas que conjuguen la solidaridad democrática y el credo cristiano. Pero erigirle un monumento cuando el ELN ha declarado un paro armado puede producir el efecto inverso al deseado, pues para la población de El Carmen Torres va representar una figura que afirma la beligerancia y no el consenso y la reconciliación.

Como instrumento al servicio de la paz, la memoria de Torres debe construirse e interpretarse mediante la elaboración de un consenso. Por eso se trata de una oportunidad valiosa para erigir una memoria incluyente. Creo que el monumento debe erigirse, pero no como un punto de partida de un proceso local de reconciliación, sino como un punto de llegada posterior a cualquier acuerdo.
 

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido