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Una nueva escalada militar en el frente ruso-ucraniano va a aumentar el apoyo de la sociedad rusa a su gobierno, no a disminuirlo.
Al anexar Crimea y al oficializar el apoyo a los gobiernos separatistas de Donetsk y Lugansk, los asesores militares del Kremlin se preguntaron si el apoyo que la sociedad daría al gobierno por tales decisiones contrarrestaría las sanciones que los EE.UU. y la Unión Europea impondrían después. La disyuntiva quedó en el aire, sin que nadie en Europa o en Rusia se atreviera a pronosticar lo que sucedería más tarde.
El conjunto de sanciones disminuyó considerablemente el poder adquisitivo que la clase media rusa había alcanzado entre el 2011 y el 2014. La baja de los precios del petróleo y su impacto sobre el rublo frenaron el consumo interno y terminaron por crear una atmósfera de estancamiento económico. A esto se sumó el aislamiento internacional que patrocinaron los miembros de la OTAN, descontentos con la actuación del Kremlin en Ucrania, el apoyo de Vladimir Putin a Bashar al-Ásad y las negociaciones privadas entre Moscú y Teheran en el contexto del fin del embargo a Irán.
Pero al tiempo que las sanciones se hacían efectivas y los rusos sentían que el contacto con las capitales europeas empezaba a perderse, el regreso de Crimea a la soberanía rusa y el apoyo de Moscú a los nuevos gobiernos suscitaron una oleada de respaldo al presidente Putin y a su partido político, Rusia Unida, entre sectores de la población que guardaban reservas frente a la intervención en Ucrania o que simplemente habían preferido marginarse de la política. Toda una generación urbana de jóvenes entre los 20 y los 30 años se encuentra fortalecida por un fervor nacionalista que se manifiesta con banderas y con la proliferación de camisetas estampadas con la figura del presidente Putin; para algunos habitantes de Moscú y San Petersburgo se trata del reflejo de un discurso político reciente que defiende el regreso de Rusia al escenario internacional como una potencia respetada e influyente.
Ni el cálculo de los asesores del Kremlin ni el apoyo a V. Putin podrían comprenderse sin advertir que las élites rusas continúan teniendo los rasgos de una aristocracia territorial, y que la mayoría de la sociedad está dispuesta a restringir su libertad política y su bienestar económico para que Rusia ocupe un papel relevante en el mundo. Esto puede parecer inimaginable en varios países occidentales, pero es un hecho esencial para entender la vida social y la política exterior rusas hoy.
La expansión territorial es quizás uno de los factores que mayor prestigio brindan a los gobernantes de este país y la historia de Crimea es esencial para entenderlo: Catalina II y Potemkin se la arrebataron a los turcos para darle al imperio la proyección que le faltaba en el Mar Negro; Kruschev se la cedió a Ucrania para asegurar el buen entendimiento entre Kiev y Moscú y Putin reafirmó su prestigio político al traerla de vuelta a Rusia. Sobre la renuncia a la libertad y al bienestar habría que recordar los miles de muertos de la Armada Imperial en la guerra de Crimea, los que cayeron en las dos guerras mundiales y el discurso abnegado de los militares durante la última crisis de Daguestán, en 1999.
Si la escalada militar que se está anunciando desde hace varias semanas en el frente ruso-ucraniano estalla, el apoyo de la sociedad rusa a su gobierno va a aumentar, no a disminuir. El futuro político de la zona se dejará entonces a la suerte de las armas, los acuerdos de Minsk se convertirán en letra muerta y lo que empezó como un conflicto irregular y de intensidad media, se transformará en un enfrentamiento entre tropas regulares con las consecuencias humanas que todos conocemos.