La cuestión indígena

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Lo viví en el colegio cada 12 de octubre: en una tarima, con la asesoría de un docente de buen corazón y una carrera de teatro frustrada en los años de juventud, disfrazados de indígenas, negros y españoles (nunca árabes), niñas y niños bailaban una ronda frente a las doce chozas que don Gonzalo Jiménez de Quesada había fundado en 1538, no muy lejos del Chorro de Quevedo en Bogotá.

Poco importaba si habían sido doce chozas en honor a los doce apóstoles, o a las doce tribus de Israel, o «las doce fuentes de Elín», como decía Juan de Castellanos. Tampoco importaba si había sido Quesada, Belalcázar o Federmann quien tuvo la idea de poblar y distribuir los primeros solares en el piemonte de los cerros orientales.  Mucho menos si la fundación se hizo en 1537, en 1538 o en 1539; aceptemos que en la historia las fechas no son lo más importante, pero aceptemos también que no deja de ser problemático —por no decir sospechoso— que a pesar de repetir una y otra vez que venimos de esa mezcla orgullosa que produjo la unión entre los mundos debamos «disfrazarnos» para teatralizar lo que somos.

Y así, como una apariencia teatral, se presenta la cuestión indígena ante la infancia colombiana. Cuestión que, con el paso de los años, se va nutriendo de una idolatría tonta, cargada de frases y de pensamientos hechos, de un orgullo fantoche de lo indígena, de apologías momentáneas del Zipa y del Zaque que con el tiempo empiezan a oscilar entre el indio borracho y ocioso o el indio ecológico y bueno; clichés completamente desconectados de la vida cotidiana de las comunidades indígenas que viven en el país y que tan sólo un puñado de colombianos privilegiados llegan a conocer. 

Tras la ostentación de una herencia histórica que apenas vislumbramos se esconde la dura realidad que Colombia comparte con otros países latinoamericanos: la de esos archipiélagos humanos que no tienen comunicación entre sí; la de un complejo de inferioridad nutrido desde hace siglos por haber asimilado lo indígena al retardo civilizacional; la de las propuestas erráticas que proponen separar los territorios en secciones  para «indígenas» y para «mestizos» aunque nunca sepamos con claridad dónde vivirían exactamente quienes proponen ejecutar semejante cretinada.

Sólo ocasionalmente la cuestión indígena se relaciona con la tierra y el mestizaje, dos de los capítulos irresueltos de casi todos los colombianos, dos partes de una historia traumática y sumamente actual que la mayoría de la «fanaticada» prefiere no encarar o que mira con desdeño. Sobre la tierra hay que admitir que casi todas las comunidades indígenas han sigo atacadas por finqueros amparados por poderes institucionales: a costa del resguardo crece la hacienda, decía Margarita Gonzalez en 1979 al estudiar la historia del Nuevo Reino de Granada y al esclarecer la ecuación que, cambiados algunos términos, continúa cercenando las tierras protegidas por el pacto de 1991… (¡Ah! 1979, año singular, en el que la política del Incora ya había mostrado sus límites frente a las presiones de la Sociedad de Agricultores Colombianos y de la Federación de Cafeteros…). El mestizaje, por otro lado, tan alabado y vilipendiado como los mismos indios, se reduce a un festejo folclorista que celebra y conmemora la diversidad étnica, pero que oculta la dimensión psicológica y mental de lo mestizo, cuya relevancia para nuestra vida diaria es más grande que cualquier otra dimensión.

Indio, indígena, nativo, pueblo originario. Cada uno de los términos esconde tras de sí una toma de posición ideológica, una nueva discusión política que no puede concluirse apresuradamente con un disfraz, unas flechas y unos tambores. Quizás un buen punto de inicio para resolver lo irresuelto sea que empecemos aceptando que aún no sabemos exactamente qué significa haber nacido en América, en lugar de alardear con un episódico pasado indígena que sólo aparece cuando nos conviene.

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