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La derrota de Maduro en un referendo revocatorio puede democratizar a Venezuela, pero no va a garantizar mejores relaciones con Colombia.
Y no las garantizará porque cuando los chavistas abandonen el poder, la oposición puede resucitar el fantasma de la amenaza colombiana para unificar la fragmentada y conflictiva sociedad que la revolución bolivariana dejó a su paso. Como instrumento político, como aglutinador del nacionalismo venezolano, en fin, como discurso de política exterior con bastante aceptación para unos y otros, la amenaza colombiana es una tentación demasiado recurrente en Venezuela para que podamos olvidarlo.
Mis reservas frente a los opositores venezolanos se apoyan en varias razones. Primero, en el hecho elemental de que ninguno de ellos hizo pronunciamientos contundentes para desaprobar el calvario de los más de 21.000 colombianos que fueron expulsados o que abandonaron ese país en agosto del año pasado. No olvidemos lo que sucedió.
Segundo, en el silencio de los opositores exiliados en Europa o los EE.UU., varios de ellos intelectuales y profesores universitarios, que cada semana critican al sátrapa en El País o el New York Times, pero que están convencidos de que Colombia y los Colombianos somos una fuente inagotable de problemas para la maltrecha Venezuela, que debe pagar los platos rotos de una guerra ajena y acoger a los rufianes neogranadinos en su propio territorio. Pensé que el silencio de los opositores que se encuentran en Venezuela podía explicarse por el temor a las represalias del gobierno, pero después constaté que criminalizar a los Colombianos es un reflejo compartido por quienes viven y no viven allí.
Tercero, en que por ahora no hay una dependencia comercial que obligue a este o a cualquier otro gobierno venezolano a crear una relación armónica y de confianza con Colombia. Según un informe de la Cámara de comercio colombo-venezolana, el intercambio comercial entre los dos países se contrajo en 19% entre el 2013 y el 2014, cuando se pasó de comerciar US$2.507 millones a US$2.025 millones. Ambas cifras se encuentran, por supuesto, muy por debajo de los US$8.000 millones que se intercambiaron en el 2008 y que sería necesario restablecer para crear una verdadera hermandad republicana.
Queda por tratar el tema del diferendo del Golfo de Coquibacoa, congelado desde la declaración de San Pedro Alejandrino en 1990, pero que volvió a la luz en marzo del año pasado, después de que el presidente Maduro declarara unilateralmente la creación de las Zonas de defensa integral marítima e insular (ZODIMAIN).
Dudo que el gobierno venezolano, socialista o no, acepte negociar una frontera marítima consensuada para los dos países. Venezuela tiene una política más sólida en el Caribe que Colombia y va a aprovecharla para que el diferendo se resuelva a su favor.
Ningún juicio es definitivo en la política internacional y las cosas pueden cambiar, pero mientras no se deje de criminalizar a los Colombianos, mientras no se construya una relación económica que aumente la dependencia de los dos lados del Táchira y del Orinoco, en fin, mientras no se plantee una solución consensuada para trazar la frontera marítima en el Golfo de Coquibacoa, que NO ES el Golfo de Venezuela, voy a mantener mis reservas frente a las buenas intenciones de la oposición venezolana hacia Colombia, pues de ellas también está empedrado el camino del infierno.