Pedro Sánchez, la apuesta europea

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El nuevo gobierno de Pedro Sánchez, instalado en el poder español después de la moción de censura que destituyó a Mariano Rajoy, corre el riesgo de repetir el castigo de Sísifo, el rey de Corinto condenado a realizar un esfuerzo mítico que debía repetirse eternamente sin ningún resultado. 

El Partido Socialista (PSOE), al que pertenece el nuevo presidente, sólo posee 85 de los 350 escaños del parlamento español. Sin una recomposición inmediata de las cámaras, cualquier iniciativa o decreto gubernamental para combatir el déficit público, la deuda, el desempleo o para reformar el sistema pensional puede extraviarse en debates agotadores, que terminaran por ahogar cualquier posibilidad de reforma en el año y medio que Sánchez pasará en el Palacio de la Moncloa. La necesidad de armonizar las relaciones con las demás bancadas parlamentarias tras une llegada inesperada al poder, explica que el nuevo presidente aproveche cualquier declaración a los medios para repetir que «gobernará con el parlamento y no contra él».

La audacia y la determinación de Sánchez le permitieron acceder a la cabeza del socialismo español hace dos años y hace poco le dieron la titularidad del gobierno, pero teniendo en cuenta la configuración adversa del parlamento es probable que adquiera la talla del estadista por su política exterior y no por sus logros domésticos. España perdió parte de su vocación europea con la salida de Felipe González y la llegada de José María Aznar al poder; de una agenda conjunta con Francia y Alemania se pasó a una política exterior negociada con EE.UU. e Inglaterra. La visita al presidente francés, la actividad en el Consejo europeo y el recibimiento del Aquarius parecen indicar el deseo de Sánchez de reactivar la vía exterior de González y de recuperar un papel protagónico para España en Europa. Las reuniones de ciertos ministros del gabinete español con los cancilleres de Marruecos y Argelia, más los próximos encuentros de Sánchez con el expresidente Obama y el presidente Santos, le dan al gobierno una dimensión mediterránea y mundial que había olvidado.

Queda la cuestión catalana y el innegable legado de una España que, como lo he mencionado ya, posee esa dualidad soberana que pone a la región y al conjunto de la nación en el mismo nivel decisorio. Aunque haya quien pueda dudarlo, el independentismo catalán está lejos de agotarse y continuará manifestándose desde las calles y la institucionalidad. Quim Torra, presidente de la Generalitat, posee un discurso abiertamente anti-español y en cuanto los independentistas sobrepasen el 50% de los escaños en el parlamento regional pasarán nuevamente a la ofensiva (por ahora tienen el 47%).

Cualquiera de las iniciativas de Sánchez para detener a los independentistas también puede implicar un esfuerzo que termine condenado al fracaso al empujar una piedra que inexorablemente caerá de nuevo. Pero en este terreno, sostener la unidad europea también tendrá una importancia creciente, pues en el viejo continente la creación de nuevos poderes soberanos no es ni será declarativa. Sin el apoyo de franceses y alemanes, es decir, sin el respaldo de otros Estados, la Cataluña independiente no pasará de ser una utopía local. En este terreno, las apuestas internacionales del nuevo gobierno también pueden actuar como contrapeso del independentismo y devolverle al gobierno español el apoyo que la opinión pública le ha quitado.

Si saben aprovecharlo, Sánchez y su gabinete le imprimirán un ritmo a la agenda política doméstica a través de la política europea y lograrán terminar el periodo de gobierno sin desplomarse por las laderas de la política.

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