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DESAFIANDO LOS ELEMENTOS Y PEse a los intentos del Gobierno Nacional por detenerla, la marcha de los indígenas que salió hace unas semanas del Cauca avanza hacia Bogotá.
Es parte de una lucha de más de quinientos años por sobrevivir y resistir a la violencia, el desplazamiento, el racismo y la exclusión, que no se limita a la barbarie de la Conquista española. Unas décadas atrás, “cazar indios” en el Cauca era un deporte y no un delito. Hoy la “civilización” continúa el aniquilamiento de los pueblos indígenas por medio de macroproyectos y el TLC.
El presidente Uribe pretende descalificar los objetivos de la marcha con el argumento falaz de que siendo un poco más del 2% de la población, los indígenas tienen más del 27% del territorio nacional. Cabe recordarle que antes les pertenecía el 100%. Y habría que agregar que la cuestionable cifra se refiere principalmente a bosques y selvas y no a terreno apto para la agricultura.
No entiendo por qué Uribe, en vez de intentar vender la idea de que a los indios ya se les han entregado más que suficiente, no se escandaliza con la verdadera concentración en manos de los narco-para-terratenientes que con motosierras le arrebataron millones de hectáreas a campesinos, afrodescendientes e indígenas.
Pero sobre todo sería necesario que el Primer Mandatario entendiera que no defienden la propiedad individual sino la Madre Tierra, que no le pertenece a nadie sino a todos. Concepto que fue recogido por la Constitución de 1991 al declarar al Estado como titular del subsuelo y los recursos no renovables.
Además, el Gobierno acude a la estigmatización, con la trillada acusación de que detrás de la movilización social, están los terroristas.
Al fin, ¿qué? ¿Las Farc están arrinconadas, en “el fin del fin”? ¿O tienen la capacidad de dirigir e impulsar la lucha social, lo que indicaría que están lejos de la derrota?
Pensar que los indígenas propician la violencia es no conocer su historia y su posición frente a los alzados en armas. Han sido quienes más han padecido la violencia. Las guerrillas, lejos de ser sus aliados, han sido sus verdugos. Las Farc rechazan las causas étnicas por considerarlas “una desviación de la lucha de clases, el verdadero motor de la historia”.
Aún en el caso hipotético de que la insurgencia haya logrado infiltrarse —lo ha hecho en las Empresas Públicas de Medellín y hasta en el Ejército— no se puede por ello desconocer el carácter pacífico de la minga.
La fuerza de la lucha indígena está en la justeza de sus demandas y lo más poderoso reside en su naturaleza no violenta. En estar “alzados en bastones de mando”. Insistir en la manipulación terrorista es seguir mintiéndole al país y al mundo.
Los indígenas no están peleando por sus intereses, sino por los de todos quienes creemos en una Colombia multiétnica y pluricultural. Entre más tierra les entreguemos, más estamos protegiéndolas para las futuras generaciones. De nuestros hermanos nativos, tenemos mucho que aprender: la dignidad del ser humano, la relación con la naturaleza, la no violencia y, sobre todo, la solidaridad, que en el mundo del sálvese quien pueda, es lo más revolucionario.