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HAY QUE RECONOCERLO: A LO LARGO de los siete años y medio que lleva su ya larguísimo mandato, el presidente Uribe ha demostrado tener una gran habilidad para tomarle el pulso al país, estar sintonizado con las preocupaciones de los ciudadanos e interpretar y saber manipular los sentimientos, las expectativas y los miedos de la gente.
Su estilo campechano, su imagen de trabajador incansable, su aptitud por la microgerencia y sus virtudes como comunicador sin pelos en la lengua, han hecho que sea percibido, más que cualquiera en la historia, como un presidente cercano a la gente.
Pero en las últimas semanas ha emergido otro Uribe: uno desconectado de la opinión, a la defensiva, errático, inseguro y dando bandazos.
Primero fue el disparate sobre los estudiantes informantes con el cual nadie, ni siquiera su propia Ministra de Educación, estuvo de acuerdo. De inmediato vino la propuesta de los taxisapos en Cali, que recuerda la modalidad utilizada durante años por la mafia y que también logró concitar un rechazo casi unánime de los expertos y la opinión. Al hacerse públicos los diálogos con las bandas en Medellín, la primera reacción fue negarlos, luego confirmar que sí fueron autorizados, suscitando profundos cuestionamientos, empezando por el propio director de la Policía Nacional. Lo único que se logró comunicar con este conjunto de incidentes es que existe nerviosismo, si no desespero, con las cada vez más evidentes grietas en la seguridad democrática.
Pero la muestra más clara del divorcio entre Uribe y la opinión pública es el desastre de los decretos de emergencia social que, como ninguna medida de su gobierno hasta ahora, ha creado un coro de repudio generalizado de muy diversos sectores de la ciudadanía.
Pese a que Uribe insiste en que los decretos sí fueron consultados, nadie ha podido identificar a ninguno de los consultados, con la excepción de los consultores de las EPS contratados para redactarlos. Al salir a pelear, lo cual hay que abonárselo, Uribe demostró que sabe del tema y maneja cifras, lo que hace difícil creer que todo fue culpa de su ministro inepto que no le había explicado bien. Los reversazos sobre las cesantías y pensiones, y luego las multas y sanciones a los médicos, dejaron en el aire la sensación de que el Presidente se chupó ante una oleada de protesta generalizada que no esperaba, otra muestra de que no está leyendo la opinión nacional como antes.
Uribe está desconectado de las preocupaciones de la gente en un tema tan sensible como es la salud, no por tener su cabeza ocupada en otros asuntos —aunque de pronto la “encrucijada en el alma” lo tiene trasnochado—, sino porque el modelo que él ayudó a crear, luego a quebrar y ahora quiere profundizar, no entiende la salud como un derecho, sino como un negocio.
No es casualidad que mientras el país debate sobre qué hacer frente a la quiebra de la salud, se anuncie que el sector financiero registró utilidades por $8,49 billones en 2009, que las ganancias acumuladas por las inversiones en TES se incrementaron más del 30% con respecto a 2008 y que las aseguradoras fueron las que más ganaron.