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Sé que es políticamente incorrecto, pero sentí tristeza con la muerte de Alfonso Cano. En parte, es por haber sido testigo del dolor y las dificultades que su familia ha tenido que padecer a lo largo de los años. Pero también, es por haberlo conocido y discutido con él los destinos de la nación.
Recuerdo la última vez que lo vi. Eran los días del Caguán. Nunca supe si su nuevo discurso de línea dura correspondía a su frustración por haber sido removido de la primera línea luego de Caracas y Tlaxcala. Sus argumentos para sostener que el derecho internacional humanitario no los cobijaba eran más productos del dogmatismo que cualquier otra cosa, pero su inteligencia y conocimiento de la complejidad colombiana siempre fueron evidentes.
Soy consciente del inmenso daño que las Farc le han hecho a mucha gente. Sobre todo, a la izquierda colombiana, para quienes su mera existencia sigue siendo un inmenso lastre. Sus métodos de lucha hace rato los distanciaron de los ideales revolucionarios que les dieron origen.
Entiendo a las Fuerzas Armadas por haber hecho lo que les corresponde. Es imposible negar que se trata de la mayor hazaña en su historia. Guerra es guerra. Y Cano murió en su ley. Algunos expertos han especulado que ahora el mando de las Farc se fraccionará y que la tropa se atomizará, convirtiéndolos en bandas dispersas, totalmente bandolerizadas. No estoy tan seguro. Nunca se puede despreciar el poder de la ideología de ese núcleo duro de creyentes que componen la dirigencia, ni el hecho de que a veces en las confrontaciones los golpes tienden a fortalecer el espíritu de cuerpo, a que se cierren filas para rendirle homenaje al camarada caído.
Pero sea cual sea el escenario futuro, en el fondo mi tristeza es por el país, para quien el fin definitivo del conflicto interno —que para mí sólo puede ser la solución política— parece cada día más esquivo.
Un efecto innegable de este golpe es que sirvió para que Santos silencie a Uribe, su nuevo mejor opositor. Pero también alimenta la falsa ilusión de que la guerra se puede resolver en el terreno militar. Si bien en teoría no se puede descartar esa opción —sucedió recientemente en Sri Lanka y hace unos años con Sendero Luminoso en el Perú—, en Colombia ese desenlace hipotético tardaría años, con altísimos costos en vidas humanas y materiales.
Pero lo que sí es irrefutable es que las guerrillas nunca lograrán el triunfo por la vía de las armas. Aunque aún no estén derrotadas militarmente, hace rato se autoderrotaron políticamente.
Por ello, aún más fuerte que el golpe que significó para las Farc la muerte de Cano, fue el triunfo de Petro. Gracias a la campaña sucia en su contra, no había nadie que no supiera de su pasado como militante del M-19 y por ello es aún más significativo el fuerte respaldo que el electorado bogotano con generosidad le brindó a su proyecto de transformación democrática.
Hoy en Colombia, y en toda América Latina, desde Chávez y Ortega, pasando por Evo y Humala, llegando hasta Mujica y Dilma, la lección es la misma: los verdaderos cambios se logran en las urnas y no con la violencia.
danielgarciapena@hotmail.com@danigarciapena