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Haití: mea culpa

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MÁS DE UNA SEMANA HA PASADO DESde que el terremoto devastó a Haití y todavía no se conoce la dimensión del desastre.

Se calculan al menos 200 mil muertos, más de 70 mil enterrados en fosas comunes, cerca de 500 mil heridos y casi dos millones sin vivienda. Expertos  afirman que el sacudón fue 35 veces más potente que la bomba atómica lanzada en Hiroshima.

Más que cualquier cifra, son las imágenes que han sido transmitidas al mundo entero por diversos medios, de dolor y desespero en las caras de los sobrevivientes, las que mejor expresan la magnitud de la tragedia humana. De la angustia de los primeros días por rescatar de los escombros a quienes podían aún estar con vida, se ha pasado a la violencia derivada de la física hambre y caótica distribución de la ayuda que empieza a llegar.

Se ha logrado despertar una solidaridad internacional sin precedentes. Pareciera que ante la tragedia, los seres humanos sí somos capaces de dejar de lado nuestras diferencias, odios e intereses personales y mezquinos.

Pero todo lo que brilla no es oro. Ya se cuestionan las decisiones que en los primeros momentos privilegiaron el aterrizaje de aviones enviados para evacuar extranjeros sobre los que traían equipos médicos y de rescate. Las dudas expresadas por varios países sobre las verdaderas intenciones de la gran presencia militar de USA obligaron al Pentágono a emitir un comunicado conjunto con el Ejecutivo haitiano. Y no han faltado los comentarios racistas y peyorativos de algunos medios de comunicación sobre la mala suerte que se merecen “esos negros”.

La crisis humanitaria desatada por el terremoto es sólo la más reciente expresión de la tragedia socioeconómica y política que Haití vive desde hace siglos como consecuencia del racismo y la discriminación que han caracterizado la historia de Occidente.

Los haitianos son descendientes de africanos esclavizados por el colonialismo francés. Su independencia, fruto de una lucha abolicionista, fue la segunda en las Américas después de Estados Unidos. Pero fue vista con sospecha por el presidente Jefferson, gran pensador pero dueño de esclavos. USA ocupó militarmente Haití de 1915 a 1934, no sin antes dejar instalada la nefasta dictadura de la familia Duvalier que gobernó hasta 1986.

Tampoco fue incluida en ningún sueño bolivariano y desde la América hispanoparlante que la rodea y con la cual comparte una isla, siempre se ha mirado con distancia. Al colonialismo francés y neocolonialismo gringo históricamente habría que agregarle el desinterés latinoamericano.

Gran parte de la responsabilidad por la reconstrucción de Haití es de la comunidad internacional. Pero es fundamental que se escuche al presidente René Préval, cuando afirma que quienes deben liderarla, construirla y definirla son los propios haitianos.

Así como las Américas tienen su Haití —y el mundo, su África—, Colombia tiene su Chocó (y toda la costa Pacífica). Basta con mirar cifras de necesidades básicas insatisfechas, desplazamiento y despojo de tierras. El racismo, la discriminación, el abandono y la segregación no son para nada ajenos a nuestra propia historia y realidad.

danielgarciapena@hotmail.com

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