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La alternancia

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EL TRIUNFO DE SEBASTIÁN PIÑERA en las recientes elecciones presidenciales de Chile ha sido interpretado por muchos como una señal clara del viraje de América Latina hacia la derecha.

Suelen sumarlo a los resultados de las elecciones en Panamá y Argentina el año pasado, así como a las encuestas en Brasil que hasta ahora dan como ganador a José Serra, opositor de Lula, para concluir que el dominio de la izquierda en América Latina tiene sus días contados.

Sin embargo, como bien lo dijo el ex presidente Ricardo Lagos, en Chile no triunfó la derecha, sino la democracia.

La victoria de Piñera se debió en parte al agotamiento del electorado con veinte años de gobiernos de La Concertación. Pero también es cierto que pudo ganar gracias a su compromiso claro y reiterativo de no desmontar los avances sociales instaurados por la coalición de centroizquierda y al haberse independizado de la vieja derecha pinochetista. Los chilenos votaron por el cambio hacia delante. Votaron por avanzar sobre lo construido y no en contra de la presidenta Bachelet, que termina con índices de apoyo superiores al 80%.

El objetivo histórico de La Conertación, desde su inicio, fue sacar a Chile de la dictadura y transitar de nuevo hacia la democracia. La alternancia es uno de los pilares fundamentales de cualquier estado democrático: la posibilidad de que todas las corrientes políticas puedan alcanzar el poder mediante elecciones populares limpias. Por ello, irónicamente, con la derrota de su candidato, La Concertación contribuye a lograr su objetivo estratégico de afianzar la democracia chilena.

La alternancia no es sólo un principio altruista, sino que ha sido con frecuencia la forma idónea para consolidar políticas de estado. El New Deal, iniciado por el demócrata Franklin Roosevelt en la década de los 30, se afianzó en la década de los 50 con la llegada al poder del republicano Dwight Eisenhower, quien no sólo no desmontó el “Estado de bienestar”, sino que lo desarrolló, con la creación durante su gobierno del Ministerio de Vivienda, Educación y Bienestar.

Si efectivamente Serra en Brasil logra ganar, cosa que tampoco está tan cantada como algunos quisieran pensar, será en gran medida por su insistencia en no echar para atrás los programas sociales del gobierno Lula, que también termina con altísimos niveles de popularidad.

Son muchos ejemplos de cómo la alternancia contribuye a continuar las políticas que las mayorías democráticamente consideran positivas y que han logrado concitar un gran consenso nacional. También son muchos los casos de mandatarios que se aferran al poder, sin contemplar la posibilidad de una transferencia pacífica a la oposición, y en vez de perpetuar los elementos positivos de sus obras como gobernantes, terminan deshaciendo sus legados. ¡Ojo, Chávez y Uribe!

Evidentemente, la alternancia no es todo, ni lo más importante, pero sí es un requisito indispensable para la estabilidad democrática. Hasta hace poco, América Latina oscilaba entre dictadura y democracia. El hecho de que hoy oscile entre izquierda y derecha, es sin duda un avance.

danielgarciapena@hotmail.com

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