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AÚN NO SÉ SI ESTOY CONTENTO CON el triunfo de Ollanta Humala o no.
Pero de lo que sí estoy seguro, es de estar muy feliz con la derrota de Keiko Fujimori. De haber ganado, hubiera sido, no sólo para el Perú sino para toda América Latina, una vergüenza. Una especie de exoneración popular de la corrupción y la violación a los derechos humanos que caracterizaron al régimen autoritario de su padre. Por ello, el premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, no dudó en celebrar el resultado electoral del pasado domingo, como “una derrota del fascismo”.
El propio Vargas Llosa había dicho hace unas semanas que una eventual segunda vuelta entre Humala y Fujimori sería como escoger entre el sida y el cáncer. Nunca supimos cuál era cuál, pero el hecho de que hubiera preferido apoyar a Humala, pese a sus dudas y diferencias con él, es muy diciente de lo que estaba en juego en la democracia peruana. Irónicamente, el centro, que había resultado mayoritario en la primera vuelta (44%, frente a 32% para Humala y 23% para Fujimori), pero dividido en tres candidaturas, le tocó en la segunda vuelta escoger entre los candidatos de la izquierda y la derecha.
Humala ganó gracias al haber concitado una alianza amplia, con el apoyo de personas emblemáticas como Vargas Llosa, y en particular, del expresidente Alejandro Toledo, quien se vuelve fundamental en la nueva gobernabilidad, debido a que la bancada de su partido Perú Posible es imprescindible para conformar una mayoría en el Congreso.
De todas maneras, Humala no deja de ser una incógnita. Si bien forma parte de la gran familia de las izquierdas latinoamericanas, sus raíces ideológicas están más en la propia historia peruana. Tiene formación militar, prefiere llamarse nacionalista y en muchos sentidos, recuerda al gobierno militar de Juan Velasco Alvarado, que entre 1968 y 1975 emprendió una ambiciosa reforma agraria y nacionalizó empresas estratégicas.
Así como el proceso de las izquierdas en Colombia ha sido afectado por el conflicto armado, las izquierdas peruanas quedaron marcadas por la lucha contra Sendero Luminoso. El propio Humala sobresalió por primera vez combatiéndolo en la frontera con Ecuador en los años 90.
De todas maneras, no se puede despreciar la muy alta votación que recibió Keiko Fujimori. Así como la hija de Jean Marie Le Pen le está dando una nueva cara a la derecha en Francia, no cabe duda de que con apenas 36 años de edad, la vida política de Keiko apenas se inicia. Aunque recogió buena parte de las banderas de su padre, fue muy cuidadosa en distanciarse de los abusos de su gobierno. El hecho de haber visitado a Humala en persona para reconocer su triunfo y desearle buena suerte, fue un gesto importante, que no sólo legitima los resultados electorales, sino que indica que la polarización propia de la campaña ha terminado y que se abre una nueva etapa en el proceso político del país, en la cual ella es jefe de la oposición.
Por ello, y perdonarán el cliché, el gran ganador fue la democracia peruana, que ha dado un paso de maduración y consolidación.
twitter: @danigarciapena