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Papá Noel mata Niño Dios

Daniel García-Peña
15 de diciembre de 2009 – 10:22 p. m.

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POR ESTOS DÍAS ESCUCHÉ A UN NIño preguntarle a otro: ¿Quién te llega a ti, Papá Noel o el Niño Dios?

Como niño colombiano en USA, a mí y a mis hermanos siempre nos hacía viaje especial el Niño Dios, mientras que a todos los vecinos gringos, los visitaba Papá Noel. Tenía sus ventajas: nosotros abríamos los regalos la noche del 24, ellos tenían que esperar la madrugada del 25. Cuando pasábamos las navidades en Colombia, a todos les llegaba el Niño Dios y Papá Noel no se veía por ninguna parte.

Pero hoy, la cosa ha cambiado. Papá Noel está en todas partes. Desde comienzos de noviembre, su barba, su gorro, sus botas, su barriga, aparecen en las vitrinas, las casas, la televisión, en barrios ricos y pobres, en tierra fría y caliente, siempre con su abrigo grueso.

Y el pobre Niño Dios, arrinconado por allá en los pocos pesebres que aún sobreviven (en muchos, no lo sacan sino el 24). Si no fuera por la novena y los villancicos, habría que declararlo especie en vías de extinción.

Nunca entendí cómo un niñito recién nacido, frágil y medio desnudito, podría cumplir con la ardua tarea de producir y repartir los regalos a todos los niños, en una sola noche. ¿Cómo competir con Santa Claus, con centenares de duendes trabajando, gratis y felices, con trineo volador y reno completo con nariz encendida?

¿De dónde viene semejante personaje? Fui a Wikipedia y descubrí que Papá Noel es el resultado de una vieja mitología híbrida. Uno de sus orígenes se encuentra en Nicolás de Mira, nacido en el año 280 en lo que hoy es Turquía. Perdió sus padres a causa de la peste y repartió su herencia con los necesitados y se volvió sacerdote; luego obispo, luego santo y luego santo patrón de Grecia, Turquía y Rusia. Tras la invasión de los musulmanes a Turquía, los cristianos trasladaron sus restos a Bari en Italia, donde la devoción hacia él creció, conocido en Occidente como San Nicolás de Bari.

Mientras tanto, en el otro extremo de Europa, en las gélidas tierras de Laponia, al norte de Finlandia, existía el mito pagano de otro niño, llamado Nikolás, que también perdió a sus padres y se dedicó a tallar juguetes de madera y repartirlos al fin de año. Al llegar el cristianismo a Finlandia, este mito se entremezcló con la devoción a San Nicolás y se propagó como tradición navideña a distintas partes de Europa.

En 1809, el escritor estadounidense Washington Irving tomó la versión holandesa, llamado Sinterklaas, y le puso Santa Claus. En 1823, el poeta Clement Clarke Moore desarrolla el personaje de Irving y le introduce los nueve renos, incluyendo a Rudolph. En 1863, el caricaturista Thomás Nast lo pintó como un gordo barbudo para Harper’s Weekly. Pero fue en 1931 que la Coca Cola lo utilizó en una de sus campañas publicitarias, vestido de rojo y blanco, y el resto es historia.

Sin duda, el marketing ha sido la gran ventaja de Papá Noel. Pero pese a haber sido explotado con fines comerciales, el viejo bonachón sigue logrando ser un símbolo muy real de generosidad y alegría que se justifica perpetuar con sólo ver la emoción que produce en los ojos de un niño o una niña.

¡Jo, jo, jo!

danielgarciapena@hotmail.com

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