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VIVIMOS UNA VERDADERA REVO-lución en la forma en que nos comunicamos.

En Colombia, más personas utilizan los celulares que las líneas fijas. En Estados Unidos, la internet sobrepasó a la televisión como la principal fuente de noticias. La gran mayoría de las imágenes transmitidas al mundo por la BBC y la CNN, sobre la tragedia en Japón, provienen de teléfonos móviles y videocámaras de gente común y corriente. Sin Twitter, Mubarak aún estaría gobernando a Egipto.

Esa revolución tiene al menos dos grandes ingredientes. Uno, sin duda, son las nuevas tecnologías. Sin embargo, otro elemento, tan o más importante, es el cambio en el rol de los individuos y en los comportamientos colectivos frente a estos avances de las ciencias aplicadas. Es decir, una nueva cultura de las comunicaciones.

En los primeros años de la telefonía se requería la asistencia de la telefonista. Durante décadas, el individuo, como radioescucha o televidente, se limitaba a recibir y digerir contenidos producidos por unos pocos. Pero hoy, cada persona puede ser actor central de la comunicación. Tiene acceso directo a millones, sin intermediación. Si quiere, es productor de contenidos: cualquiera puede colgar un video en Youtube. Ya el individuo no es un mero receptor sino que interactúa, se conecta y se articula.

Este nuevo mundo constituye un reto inmenso para la prensa escrita, la radio y la televisión, que más que desaparecer, están obligadas a transformarse. Un excelente ejemplo de la apropiación de un medio tradicional por parte de la nueva cultura es la radio comunitaria en Colombia.

Durante años, estas emisoras fueron perseguidas por “piratas”. Pero a la luz de la Constitución de 1991, donde se estableció la comunicación como un derecho, se generó un movimiento social que en 1997 logró establecer un marco legal y se adjudicaron más de 500 licencias en todo el país. Pero por presión de las cadenas comerciales se dejó por fuera a las ciudades capitales y fue necesario acudir a una tutela para que en 2006 la Corte Constitucional las ordenara también para las zonas urbanas.

Algunas emisoras comunitarias aún tienen problemas de sostenibilidad económica y el grado de entronque con las comunidades es variable. Pero constituyen una potencial herramienta de comunicación directa e interactiva, donde la ciudadanía es protagonista, que, a una escala más pequeña y local, puede suplir las tareas que cumplen redes como Facebook.

En Colombia, la radio sigue siendo el principal medio al alcance de muchos sectores, particularmente populares del campo y la ciudad. Con la excesiva concentración de la propiedad de las cadenas comerciales, la radio comunitaria ofrece otras voces, irreemplazables en la construcción de una democracia. Es un valioso espacio de interacción ciudadana y construcción de eso que llaman tejido social.

La revolución no está sólo en los nuevos medios, sino también en los nuevos usos de los medios viejos. ¡Sintonícese!

danielgarciapena@hotmail.com

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