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Gústenos o no, Uribe es un mago de las palabras.
Haber intentado apropiarse del término “resistenca civil”, arrebatándosela a Gandhi y a King, es sólo su última muestra de malabarismo semántico. Tomar un concepto profundamente enraizado en la no violencia para utilizarlo en contra de la paz, más allá de ser un exabrupto, logra confundir, distorsionar y encubrir.
Es una vieja práctica suya. Se adueñó de la “seguridad democrática”, expresión originalmente acuñada por académicos progresistas en la post guerra fría, en contraposición a la seguridad nacional, y la tomó para denominar su doctrina antidemocrática que se basó en la noción del enemigo interno.
No querer llamar las cosas por su nombre tiene sus consecuencias. Insistir durante su gobierno en la tesis de que en Colombia no había un conflicto armado, sino una “amenaza terrorista”, implicó que se desconociera el principio básico del DIH: la protección de los no combatientes.
Alterar la percepción de la realidad fue precepto estratégico del uribismo. José Obdulio quiso cambiarle el nombre a los desplazados por “migrantes”. Uribito bautizó el reparto millonario a los grandes terratenientes con el lindo nombre de Agro Ingreso Seguro. Luis Carlos Restrepo organizaba falsas desmovilizaciones, convencido de que es más importante ganar la guerra en la mente de la gente que en el terreno militar.
Los “falsos positivos”, ese calificativo deshumanizante con el cual se refiere a las ejecuciones extrajudiciales, fueron precisamente el resultado de un afán enfermizo por inflar las cifras de la guerra a toda costa. De nuevo, percepción mata realidad.
Muchas veces se acude a los juegos de palabras cuando se va quedando sin argumentos: que la guerrilla (“la Far”) no iba dejar el secuestro, y lo dejó; que no iban a cumplir el cese al fuego, y lo cumplieron; que no se concentrarían ni dejarían las armas, y todo indica que van a hacer ambas cosas.
Otras veces, no se dice lo que se quiere decir porque es indecible. Por ejemplo: que no les quiten a mis amigos las tierras que les despojaron a los campesinos.
Seguir oponiéndose, porque sí, a un proceso a todas luces irreversible no parece ser lo más aconsejable. Pero por arrinconado que pueda estar el uribismo en el terreno argumentativo, nadie puede dudar de su capacidad de azuzar los miedos y los odios y de conectarse con el descontento que abunda en el país. Su jerga de polarización y venganza apela a los instintos más primarios, preponderantes en nuestra cultura machista, autoritaria y violenta. Si fueran sólo palabras, vaya y venga. Pero en Colombia las palabras ponen muertos. ¿Cuántos líderes sociales han sido asesinados por reclamar la restitución de tierras?
Por fortuna, ya empezó el diálogo entre Uribe y Timochenko. Aunque hasta ahora es apenas epistolar, el solo hecho de que Uribe le contestara sin insultos personales y que Timochenko volviera a insistir en una segunda carta es todo un acontecimiento. Ojalá las palabras sirvan por fin para comunicar y no para seguir matándonos.
danielgarciapena@hotmail.com
@danigarciapena