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Glosas a Uprimny (II): Imaginar la paz

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Del entendimiento y la narrativa de la “guerra” depende cómo nos imaginamos la “paz” y la “reconciliación”. Hablar de “guerra” a secas es una trampa.

En la pasada columna señalé que solamente ignorando la radical diferencia entre la naturaleza de los conflictos en Sudáfrica y Colombia y en los tiempos históricos de su resolución (1994 y “2015”), podía Rodrigo Uprimny afirmar que “es contradictorio admirar a Mandela y considerar inaceptable este acuerdo (de justicia transicional) con las Farc” (“Colombia y Sudáfrica”, dic. 20/15). Dejé pendiente “el trasfondo intelectual y moral” de la cuestión para hoy.

Aprovecho para glosar otra columna de Uprimny, “Imaginar la paz” (oct. 18/15), donde anotó que “uno de los grandes obstáculos que los colombianos tenemos para salir de nuestra cruel y larga guerra es que tenemos mucha dificultad para imaginarnos lo que sería vivir en paz”. Esa vez recurrió a un episodio del escritor Stefan Zweig en la primera guerra mundial, cuando, al pasar de Austria a la neutral Suiza, advirtió que en tres años se había acostumbrado a la guerra. “Imaginen ustedes el enorme impacto que ha tenido nuestra guerra de más de 50 años en nuestra experiencia y visión de la paz”, nos dice.

Evidentemente, Uprimny tiene inclinación a imaginarse que “nuestra guerra” es como otras guerras y a sacar conclusiones de ello, y yo tengo dificultad con esa inclinación. Aunque en realidad se trata de un desacuerdo más amplio con el relato complaciente con el Gobierno y las Farc que la intelectualidad predominante ha venido construyendo en torno a la negociación en La Habana.

Como apunté en “Estragos intelectuales de este proceso de paz, 1 y 2” (jul. 11 y 18/15), la narrativa complaciente se afincó con la máxima “La paz negociada es éticamente superior a la paz obtenida por una victoria militar”, con lo cual estamos negociando no porque toca, sino porque queremos, y da lo mismo que las guerrillas impusieran su revolución armada, una aproximación muy a contrapelo de lo que piensan los colombianos en general.

Así que digámoslo claro: hablar de “guerra” a secas en Colombia es una trampa. Si los oficiantes del discurso de la paz pudieran decir “guerra civil” —como lo fue la de mitad del siglo XX—, lo harían, y todo este intento de épica de la paz, que le encanta al presidente, no tendría tanta dificultad en aclimatarse y no habría plebiscito a la medida. Lo justo sería llamarla “guerra contra la sociedad”, como argumentó en un libro Daniel Pecaut hace 15 años.

Pero al remplazar “guerra” por “guerra contra la sociedad” en todas esas oraciones grandilocuentes o profundas y en el discurso oficial, esta paz sería algo más prosaico. Claro que la gente se imagina en los territorios sometidos el alivio que será que la vida, la libertad y los bienes no dependan de la voluntad arbitraria de un grupo armado. Continuará…

@DanielMeraV

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