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No es cierto que los colom- bianos nieguen la existencia del racismo en nuestro país.
No al menos el 70%. César Rodríguez lo dijo de otra manera: “según los datos de la encuesta Lapop, más de la tercera parte de los colombianos niegan que haya racismo”. En realidad, el 30,3%. ¿Por qué no se dice simplemente que el 70% acepta esa realidad? Porque se quedaría sin piso un lindo argumento de moda: el “mito de la democracia racial”.
Algunos académicos dicen que los colombianos niegan la existencia del racismo y la discriminación racial en el país. Y que eso se explica por el “mito de la democracia racial”. Entonces ellos se proponen demostrar que sí hay racismo y derribar el “mito”. Para que no quepa duda: el 64% considera que las personas negras son tratadas “peor” o “mucho peor” que las personas blancas. Los colombianos son conscientes del fenómeno. Estaban creando el mito de un “negacionismo” y de su explicación.
La “encuesta Lapop” merece un mayor crédito. Por fin tenemos una encuesta representativa de la población afrocolombiana. Este año, el Observatorio de la Democracia de las universidades de los Andes y Vanderbilt, dentro del Proyecto de Opinión Pública de América Latina, Lapop, incluyó una muestra especial para indagar sobre actitudes democráticas, percepciones y experiencias de racismo y discriminación de dicha población. Los resultados comparan país y muestra especial.
Con financiación de la USAID, esta encuesta viene a proporcionar evidencia cuantitativa en un debate dominado por evidencia cualitativa (cuidadosamente escogida). Un gran servicio. En Colombia hay una fuerte imbricación entre academia y activismo en este campo. La observación académica del racismo y la discriminación suelen hacerla personas que también combaten el fenómeno. Esa doble camiseta implica un incentivo indeseable. El activismo se justifica más si es más grande lo que se combate.
Deberíamos avanzar en una mejor división del trabajo: tener una institución que sólo mida el fenómeno, lo que no restringiría la libertad de los demás. Ayudaría, sí, a controlar el inevitable sesgo de la doble camiseta. Por eso, en lugar de crear un observatorio gubernamental del racismo y la discriminación, como se anunció, lo que parece aconsejable es financiar un observatorio independiente con una sola misión.
Ahora, la encuesta sugiere que los colombianos en general y los negros en particular le dan al racismo un significado y un alcance distintos de los que usan algunos estudiosos. Por ejemplo, al 75% de los colombianos no le importaría tener un jefe negro. Los afrocolombianos se permiten una respuesta simpática y sospechosa: “Sí hay racismo, pero a mí no me ha tocado”. El 65% declara nunca haberse sentido discriminado, al tiempo que el 61% cree que hay un “peor trato” para los negros. Es probable que los pontífices del tema y afines tengan problemas para analizar esta rica encuesta, pues la gente, otra vez, se sale de los supuestos teóricos. Para bien de la política pública seria que se necesita.