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La pirámide de población será muy pronto un nombre obsoleto, visualmente impreciso.
Ese diagrama clásico con el que se visualiza la demografía de un territorio a partir de las edades de sus habitantes tiene una base cada vez más esbelta. La de Colombia se asemeja más hoy a la parte superior de un rascacielos, como el Empire State. En otros países más desarrollados, la pirámide está adquiriendo forma de rombo, con cada vez con menos jóvenes en la base. Y para allá vamos nosotros también, según las proyecciones.
En el año 2041, según un reciente estudio sobre envejecimiento del MinSalud, habrá en Colombia por primera vez más personas mayores de 60 años que menores de 15, y más mayores de 75 que menores de 4 años. En 1947 había en Colombia 100 adolescentes por cada adulto mayor de 60 años, en el 2020 habrá sólo 50.
Este tipo de noticias suelen fomentar lo que llaman la “demografía apocalíptica”, que como todo lo apocalíptico es tremendamente atractivo. En resumen, este tipo de interpretación asume que el envejecimiento de la población, causado por vidas cada vez más largas y tasas de fertilidad cada vez más bajas, llevará inevitablemente al colapso de las sociedades. Los sistemas de salud colapsarán por los mayores costos de una población más vieja y los menores ingresos de los jóvenes. La economía será cada vez menos productiva por la falta de personas en edad de trabajo. Los bebés serán apariciones cada vez más raras en lugares llenos de viejos enfermos sin pensión.
Entre los expertos es aún motivo de un apasionante debate cuál será el efecto real del envejecimiento demográfico. Sin embargo los escenarios apocalípticos suelen ser excelentes oportunidades para hacerse las preguntas realmente importantes. Por ejemplo, cómo sopesar los costos y beneficios de la vida.
Según el viceministro de salud, Fernando Ruiz, cerca del 43% del crecimiento de la carga al sistema de salud en 5 años corresponde a dolencias asociadas con el envejecimiento. Estos costos irán aumentando progresivamente en tanto haya más viejos. En unos años, alargar la vida de nuestros seres queridos podría costar tanto que no habrá suficientes recursos, por ejemplo, para salvar las vidas de los más jóvenes.
Las respuestas a dilemas como este nos enfrentan a decisiones crueles, sacrílegas, añadirían algunos. Pero no es como si hoy en día no sucediera lo mismo. Hay ya en Colombia un sistema de administración de la muerte que discrimina a los pobres de los ricos, a los negros de los blancos, y a los chocoanos de los bogotanos. Si no miren las tasas de mortalidad de estos distintos grupos.
El futuro exigirá respuestas más consientes y debates más dolorosos. Entre ellos, me imagino el de una real administración de la muerte. Un sistema burocrático para decidir hasta cuándo, cómo y en qué contextos vale la pena alargar la vida de alguien o una reforma para privilegiar realmente el cuidado preventivo al tratamiento hospitalario. Y aunque en la relativización de valores como la vida siempre hay riesgos inmensos (de lo contrario la idea de Dios sería realmente inútil), las respuestas que demos, despojándonos de prejuicios y creencias, serán lo que determine lo realmente importante: la permanencia de la vida humana como la conocemos.