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Una sala de apelaciones de la Corte Suprema de Nueva York decidirá en las próximas semanas si Tommy, un chimpancé de 26 que vive solo en una jaula en el condado de Fulton, debe ser considerado una persona según la ley.
Es la primera vez que una corte en EE. UU. decide examinar las bases legales de quienes piensan que los animales más inteligentes merecen ser tratados como humanos.
En el caso de Tommy, un grupo que promueve los derechos de los animales solicita el otorgamiento del hábeas corpus al simio, para que sea liberado de su jaula y trasladado a una reserva donde tendrá espacio y contacto con otros chimpancés. Según uno de los demandantes, el profesor de derecho en Harvard Steven Wise, “hay suficiente evidencia para reconocer derechos humanos en los cuatro grupos de simios, así como para los elefantes, las ballenas y los delfines”.
Más allá de que una decisión favorable sea improbable, el caso de Tommy nos acerca a los extremos más peligrosos del avance del movimiento de los derechos de los animales en los países occidentales.
Al mismo tiempo que Wise argumentaba por los derechos humanos de Tommy en la Corte de Nueva York, en 24 ciudades de España miles de personas protestaban por la decisión de la ministra de Sanidad de ese país de sacrificar a Excálibur, el perro de Teresa Romero, la enfermera que se contagió de ébola.
Excálibur tocó corazones. La fotos del perrito enrollado en un sofá se volvieron más virales que las noticias sobre las miles de muertes de hombres, mujeres y niños contagiados con ébola en África. Javier Moreno, el coordinador de una organización internacional de derechos de animales, exigió que “se diagnostique al animal y que lo pongan en cuarentena y tratamiento si fuera necesario”. La exigencia fue en vano. Las protestas fueron disueltas con gases lacrimógenos y Excálibur fue sacrificado.
Pero tomémonos en serio por un momento estas exigencias. Asumamos que el tierno Excálibur y Tommy, el chimpancé, merecen derechos iguales al resto de las personas. Si hay solo una dosis de suero experimental contra el ébola, por ejemplo, se le aplicaría a Excálibur o a su dueña, Teresa Romero. ¿Si hay una ballena enredada en una red, y un náufrago, y solo un barco para salvar a uno de los dos, quién tiene más derecho a vivir?
Cuesta trabajo imaginar que incluso para los más fervientes animalistas estas disyuntivas sean elevadas a la categoría de dilema. La decisión a favor de las personas le devuelve un soplo de realidad a la discusión de los derechos de los animales.
Tal vez si viviéramos en un mundo donde todas las personas tienen lo que necesitan, si la protección de derechos básicos de otros animales no les restara al bienestar de los humanos, tal vez entonces valdría la pena pensar en salvar a Excálibur.
La semana pasada el presidente de Guinea, Alpha Conde, lanzó un llamado urgente: “Nos estamos muriendo”. El ébola ha causado 800 muertes en ese país. Excálibur y Tommy importan menos.