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No solo la hay ahora, sino que seguirá habiéndola después de estas elecciones, gane quien gane estas elecciones. Quiero hacer el argumento, lleno de ingenuidad y de exceso de confianza, en contra de quienes impulsan la idea de que en las próximas elecciones lo que está en juego en Colombia no es solo que gane uno u otro candidato, sino la supervivencia misma del sistema democrático.
Dependiendo del candidato de su preferencia, el argumento del fin de la democracia varía pero todos parten del mismo supuesto y terminan en la misma conclusión. El supuesto: que algunas de las opciones que no les gustan en el abanico de candidatos son antidemocráticas. La conclusión: que si los votantes no eligen como ellos quieren estamos en riesgo no solo de tener un mal gobierno, sino de tener uno que acabará con el sistema mismo de libertades.
En las distintas variantes hay algunas que sorprenden. Por ejemplo, entre los apoyos intelectuales del fajardismo, Héctor Abad desenterró a Carlos Gaviria Díaz para argumentar que Petro es un chavista mentiroso y luego desarrolló un largo argumento para concluir que además es un populista “capaz de destruir un país”. Elegir a Petro, sería entonces antidemocrático.
Sorprende menos, porque ya ha hecho carrera desde el plebiscito, la idea del castrochavismo que se lanza desde el uribismo. Antes el argumento era que si se aprobaba el acuerdo con las Farc Colombia se iba a volver un Estado totalitario por culpa de Santos. Ahora, dice Uribe, “Colombia tiene tres opciones, Castro-Chavismo radical, Castro-Chavismo moderado, y otra que Centro Democrático quiere ayudar a construir” (sic). Elegir a cualquier otro, entonces, sería lanzarnos al abismo de la dictadura, dura o moderada.
El eslogan vargaslleristas “ni miedo ni venganza” va en la misma dirección. Con un énfasis más marcado en el miedo al populismo petrista, que en la venganza uribista, Vargas se pone desde el centro como el salvador de la democracia.
Finalmente, Gustavo Petro, el blanco más común de la descalificación democrática, ha sido él mismo prolijo en dramatismo para advertir que nos enfrentamos a una decisión entre “la política de la vida, o la política de la muerte”, entre las mafias corruptas y la fuerza del pueblo democrático y humano.
En una campaña es apenas natural que todo el mundo esté sobreactuado. Los candidatos y quienes los apoyan con una proliferación de hipérboles, exageraciones, promesas imposibles, y caricaturas injustas están jugando el juego de la democracia electoral. Y con esa salvedad hay que entenderlos, perdonarlos, y ojalá escoger a uno.
Pero cuando la motivación final del voto y de su justificación es salvar la democracia, hay un temor implícito a que se cumpla la voluntad de la mayoría, lo que es a su vez una propuesta bastante antidemocrática. Porque descalificar a Petro como castrochavista, o a Duque como fascista, más allá de los candidatos mismos, es descalificar la opinión de los millones que los apoyan.
Y en un país con una incapacidad probada de tramitar los debates de ideas políticas sin violencia, todos estos supuestos defensores de la democracia (por beneficio electoral propio) lo que terminan haciendo es socavar la libertad de elegir sin miedo un programa político determinado. Al mismo tiempo, desestiman la estabilidad y resiliencia de las instituciones colombianas que ellos mismos quieren representar, instituciones que de manera incremental, si bien imperfecta, vienen garantizando los derechos de sus ciudadanos. Al final, la tolerancia política, el pacto de las elecciones y la alternancia de poder, es un acto de ingenuidad y confianza que casi siempre sale bien.
@danielpacheco