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Derechas atolladas

Daniel Pacheco
29 de febrero de 2016 – 09:00 p. m.

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Si bien el péndulo de la política parece estar alejándose de la izquierda en gran parte del mundo, las perspectivas para la derecha no son claras.

Incluso con vientos a favor, y si se le aplicara la misma vara con la que se suelen medir los problemas en la izquierda, me aventuraría a decir que la derecha está en crisis.

En EE. UU. la candidatura de Donald Trump amenaza con devolver el Partido Republicano 150 años, a los tiempos de los estados confederados de blancos racistas del sur. En Inglaterra, la división del Partido Conservador de David Cameron tiene a la Gran Bretaña coqueteando seriamente con la salida de la Unión Europea. En España, el fin del gobierno del Partido Popular de Mariano Rajoy parece inminente, luego de no lograr hacer una alianza para quedarse en el poder, y frente a una percepción pública hostil por sucesivos escándalos de corrupción. En Chile la Renovación Nacional de Piñera no aguantó sino un período. Felipe Calderón fue castigado en México por fracasar en lo que supuestamente es buena la derecha: la seguridad.

Pero más allá de la aparición coyuntural de bufones populistas, escándalos de corrupción, narcos, o referendos, el panorama en la derecha refleja una falta de ideas claras para los tiempos actuales. Su crisis no es electoral, de hecho con agendas populistas ha logrado ganancias frente a las falencias de los proyectos de izquierda. Pero frente a los grandes retos —el estancamiento económico y profundización de la brecha entre ricos y pobres, la explosión del terrorismo y la persistencia del crimen organizado transnacional, la inmigración y las crisis de refugiados, el calentamiento global— la derecha ha ofrecido pocas soluciones.

Sus recetas apuntan a proyectos de ensimismamiento nacional. Sus tácticas de persuasión populista apelan a los peores sentimientos de poblaciones temerosas frente a un futuro incierto. El resurgimiento de la xenofobia, del racismo, del desmonte de proyectos de integración, van en contra incluso de los pilares de mercados y sociedades abiertas que caracterizaron a las derechas del siglo pasado. Ni siquiera el proyecto de intervencionismo militar en situaciones extremas es parte de la receta de unos movimientos políticos más interesados en encerrarse entre muros y dejar que afuera pase lo que tenga que pasar.

Colombia no es la excepción. En un país donde la gente de derecha siente pudor de llamarse así, es difícil decir qué contiene esa corriente ideológica sin referirse a figuras personalistas y políticamente erráticas. Álvaro Uribe, que en su gobierno adelantó una agenda neoliberal de privatizaciones, ahora se opone a la venta de Isagén. Andrés Pastrana, que quiso negociar desde una visión social-conservadora el Estado con la guerrilla, ahora siente que a las Farc se les está entregando la democracia en una agenda de cuatro puntos. Tan desubicada está la brújula de la derecha en Colombia que acusan al presidente Santos (¡un Santos!) de castrochavista.

Puede que la política sea un juego de suma cero en lo electoral. Pero el debate político, la salud de la democracia, y, en últimas, el bienestar de todos, se supone, depende de la calidad de nuestros líderes y sus ideas. En este sentido, no son sólo las Farc y la izquierda democrática las que tienen pendiente una tarea de actualización ideológica.

@danielpacheco

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