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“EL SENTIMIENTO PÚBLICO LO ES todo. Con el sentimiento público nada puede fracasar; sin él nada puede tener éxito”. Abraham Lincoln pronunció esta frase durante los debates con Stephen Douglas, en las elecciones al Senado de Estados Unidos en 1858.
Aunque Lincoln perdió esas elecciones, las transcripciones de los debates empezaron a circular en forma de libro por el país y contribuyeron a crear al candidato que dos años después derrotaría al mismo Douglas en las elecciones presidenciales.
La frase de Lincoln expresa la idea de que el favor de la opinión pública es la fuente del poder político en las democracias. En la contienda electoral actual esta idea es bastante controversial. Hay quienes sostienen que la cosa es al revés: que el favor en la opinión pública del Presidente se debe a que él tiene el poder político.
Esta posición le ayuda a uno a entender por qué el debate electoral hoy se centra alrededor de la falta de reglas claras para los demás candidatos, las desventajas de competir con un candidato-presidente, y la tragedia de ocho años de acumulación de poder. La insistencia de candidatos y analistas sobre estos temas parece abrigar la esperanza de que si se logra atajar el poder político del Presidente durante las elecciones, será más fácil quitarle el apoyo de la opinión pública. En la jerga actual, el plan es defender el Estado de derecho para derrotar al Estado de opinión.
Más allá de la altura moral que permite a quienes la defienden, esta estrategia tiene la desventaja de ignorar a la opinión pública. ¿Cómo le explica usted a un ciudadano desentendido de la política la diferencia conceptual entre el Estado de derecho y el Estado de opinión? ¿Cómo seduce usted al público si en el subtexto de su estrategia está la idea de que los votantes uribistas están convencidos a punta de trampas e injusticias?
Por eso, si yo fuera candidato, tomaría más en serio las palabras de Lincoln. Es decir, definiría como mi mayor reto buscar la llave para acceder al sentimiento del público y a sus votos, más allá de luchar contra la falta de garantías, los desequilibrios y las injusticias.
Esta tarea es más complicada que “defender el Estado de derecho” a punta de críticas y denuncias. Por un lado, hay que lanzarse a la tarea etérea, emocional e incierta de cautivar a un público ya convencido de que el uribismo es lo mejor que le ha pasado al país en años. Por el otro, los candidatos tendrán que enfrentarse a las críticas de los puristas que consideran que perseguir votos es una señal de oportunismo político.
Pero qué tal que algún político lograra lo que Uribe hizo hace ocho años y además no sea uribista. Qué tal que haya un candidato capaz de moldear el sentimiento público y al mismo tiempo gobernar respetando el Estado de derecho. Si eso ocurre tal vez encontraríamos que lo peor del Estado de opinión era que no estaba al servicio de los ideales de uno.