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“Le gustaban más las mujeres que la religión”, dijo un vecino del hombre que lanzó un camión Renault de 19 toneladas contra la multitud de personas que celebraban el día de la libertad, fraternidad e igualdad en Niza.
Mohamed Lahouaiej Bouhlel era un tunecino de 31 años que trabajaba como repartidor de pedidos en Francia, donde tenía residencia y hasta la semana pasada era totalmente desconocido para todos los aparatos de inteligencia. Padre de tres hijos, divorciado, con corte de pelo a la George Clooney. El tío de Bouhlel, un profesor de 69 años que vive en Msaken, al otro lado del mediterráneo, en Túnez, donde nació el autor de la masacre, relata su perplejidad de manera similar: “Mohamed no rezaba, no iba a la mezquita, comía cerdo”. En el asiento del camión con el que Bouhlel mató a 84 personas, y donde fue él también abatido, estaba su celular. Los investigadores encontraron que además de mirar videos de decapitaciones del Estado Islámico, el repartidor utilizaba una aplicación de citas amorosas que delató encuentros con varios hombres y mujeres, incluyendo uno de 73 años. ¿Quién diablos era Mohamed? ¿Por qué dio su vida para hacer lo que hizo?
Cuando Mikah Xavier Johnson fue enviado a Afganistán como soldado del Ejercito de EE. UU. se mantuvo cerca al grupo de colegas con los que entrenó, “sobre todo chicos hispanos y blancos, para ser franco”, dijo uno de sus entonces compañeros. En la guerra se destacó más como carpintero que como guerrero. Johnson no era el más inteligente, pero sí era divertido. Ese carisma hizo que se volviera cercano con una mujer que estaba en su compañía, y con la que, según la mamá de Johnson, “compartía la cama” cuando salían de permiso. La relación terminó mal, cuando, según una queja por abuso sexual de la mujer, Johnson le robó unos calzones. Esta denuncia precipitó su salida de la unidad, y eventualmente del Ejercito. Cuando volvió a casa de su madre en Tejas se dedicó a cuidar a su hermano autista, dar algunas clases de artes marciales, pero, según la madre, Johnson no era el mismo: “Andaba en la casa, o donde estuviera, siempre andaba solo”. Hace unos días Johnson lanzó un ataque contra la policía en Dallas, matando a cinco uniformados, antes de ser dado de baja, algo que cualquier soldado habría sabido era inevitable. ¿Quién diablos era Mikah? ¿Por qué dio su vida para hacer lo que hizo?
Hay varias buenas explicaciones para la radicalización. La propaganda del Estado Islámico, la pobre asimilación de musulmanes en Europa, la violencia contra afroamericanos en EEEUU, la política exterior de occidente en el Medio Oriente, la segunda enmienda. Pero da la sensación de que todas dejan un vacío. Sobre todo, no logran construir una distancia cómodo entre quien es uno, y quienes fueron Mohamed y Mikah.
La salida más corriente a este vacío incómodo es la patologización. Estaban enfermos. Eran locos.
¿Pero qué tal si no? ¿Qué tal si el terrorismo, la inmolación y posterior celebridad postmortem, encajan en una carencia de la forma en la que los hombres viven la modernidad? ¿Qué tal si las aspiraciones con las que crecemos, y la realidad de lo que le toca a la mayoría, generan una ansiedad (como la llama Alain de Bottom) en la que el terrorismo tiene un cruel sentido?