El síntoma “Popeye”

Daniel Pacheco
13 de marzo de 2017 – 09:00 p. m.

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“Ser un asesino célebre en la República de Colombia, con la clase política que tenemos, es un honor”, dice John Jairo Velásquez, mejor conocido en redes sociales y prontuarios judiciales como Popeye, el confeso asesino de cientos de personas convertido en celebridad nacional.

Popeye se lo dice con un desparpajo escalofriante a Salud Hernández, la veterana periodista de El Tiempo y El Mundo de España, quien en un ejercicio que ella misma reconoce como absurdo, lo entrevista en video buscando resolver la pregunta de si “¿Debemos entrevistar a matones?” (Salud, los signos de interrogación sobraban).

Popeye continúa: “El día en que los políticos de nuestro país sean honestos, yo sería una chucha y me tengo que esconder en una alcantarilla. Pero con las ratas que tenemos que manejan estos malditos países, yo soy feliz acá mostrándome para que estos políticos me vean”.

Después de sacudirse el repelús —es decir, después de un buen rato— esta entrevista deja una advertencia importante, incluso diría alarmante. Y no tiene que ver con Popeye o su patética figura en redes sociales, ni con el trillado debate periodístico y cultural acerca de la recurrencia colombiana sobre sus narcos y matones.

Cuando PopeyePopeye!) encuentra en el desprestigio de la clase política una fuente de reivindicación moral, creo que es hora de decir que hemos llegado a un punto bajo peligroso. Es como si los recientes casos de corrupción de Odebrecht hubieran hecho catarsis con la idea permanente de que “todo va mal en este país”, para dar al traste con toda la legitimidad y credibilidad del sistema que, paradójicamente, ha logrado mantener a Colombia en un camino de progreso social y económico constante (si bien defectuoso) en los pasados 15 años.

De nuevo, el problema es el mensaje, no el mensajero. Popeye acá no importa más que el canario que muere en la mina. El ciudadano más despreciable (en ese sentido sí se entiende que le hagan una serie de TV) vindicado por la supuesta suciedad en la política. Excusado de esconderse, de avergonzarse, hasta de arrepentirse.

Hay muchos responsables de que ahora les salgamos a deber hasta a los sicarios de Pablo Escobar. Y los principales son, vaya sorpresa, los políticos. Pero ni siquiera por ser, algunos de ellos, corruptos. No es la corrupción el problema existencial detrás del síntoma Popeye.

Tal vez resulte incluso más dañino el simulacro de histeria entre representantes del poder, sin distinción de partido, de izquierda y de derecha, por todos los flancos. Algunos con grados superiores de oportunismo, casi todos con rabos de paja, atizando una hoguera para la clase política a la que ellos pertenecen, y de la que ninguno se quiere reconocer, ni enorgullecer.

Parece increíble tener que decirlo, pero el desprecio simulado del establecimiento por el establecimiento, como una forma de intentar mantener su lugar en el establecimiento, puede terminar con que no quede ningún establecimiento.

Y si eso ocurre, al día siguiente puede que nos despertaremos oyendo la voz de Popeye diciendo: “Ser una asesino célebre con la clase política que teníamos es un honor. Se los advertí y aquí estoy para ser el próximo presidente de la República de Colombia”.

@danielpacheco

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