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Ni un papa trinador sacará de su decadencia a la iglesia católica. Las cifras de afiliación a la iglesia en Estados Unidos, un país al que Francisco con su genio publicitario le acaba de dedicar seis días de visita, reflejan la desconexión de las fórmulas espirituales y doctrinas de la institución que representa Jorge Mario Bergoglio.
Según una encuesta del Washington Post hecha a propósito de la visita, los católicos son menos de dos de cada diez estadounidenses.
Entre el 1965 y el 2014, el número de católicos creció solo de 46 millones a 68 millones, mientras que la población pasó de 190 millones a 316 millones.
Los bautizos cayeron más de la mitad, de un millón 300 mil en 1965 a 690 mil en el 2014.
En las iglesias, a las que cada vez menos creyentes van, hacen falta curas. El número de togados bajó de 58 mil en 1965 a 37 mil en el 2014.
Hasta ahora la elección de Francisco no ha logrado cambiar la marea. Una cosa son los mentions en Twitter y otra creyentes sentados y diezmando en la iglesia. En una encuesta que publicó el New York Times, aunque un 13% de los católicos dicen que van a misa más desde que llegó el argentino al Vaticano, otro 14% dice que va menos. En el agregado sigue perdiendo la iglesia.
Y es que en general, más allá del cambio de estilo, el papa aún no ha propuesto ningún cambio sustancial en la doctrina católica. Una doctrina cada vez más enfrentada a los valores de sociedades crecientemente seculares como la de Estados Unidos, y con la que ni siquiera los integrantes de la iglesia están de acuerdo.
Este año Estados Unidos legalizó nacionalmente el matrimonio gay, por ejemplo. Cuando Argentina hizo lo mismo en el 2010, el hoy papa (entonces cardenal de Buenos Aires) dijo que había sido una obra del diablo.
El diablo es otra de las obsesiones medievales de Bergoglio, aparentemente encubiertas por su halo de popularidad. Cuando el papa dijo “con su muerte y resurrección Jesús nos ha rescatado del poder del mundo, del poder del diablo”, no estaba haciendo una metáfora. Y si cree en la exigencia de Lucifer, es difícil apreciar sus credenciales de científico defensor del cambio climático.
Está muy bien si uno quiere creer todo esto. Y es innegable que el papa latinoamericano es menos retrógrado que sus antecesores y su preocupación por temas actuales, como el medio ambiente, es positiva.
El problema sigue siendo la pretensión del catolicismo de imponer su visión al resto de la sociedad. En Filadelfia, Francisco se quejó de la “tiranía moderna que intenta suprimir la libertad religiosa, o la reduce a una subcultura sin derecho a voto y voz en la plaza pública”.
Esa tiranía moderna es la que ha permitido a sociedades de occidente separar sus Estados de las iglesias, reconocer derechos a quienes no caben en la Biblia, e impedir que la libertad religiosa se convierta en una excusa para discriminar a quienes son juzgados como pecadores.
@danielpacheco