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Con ochenta y siete años y una salud aparentemente muy deteriorada, cualquier cosa puede ser un preludio a la muerte de Fidel.
Pero la muerte de su amigo, Gabriel García Márquez, un año menor que el dictador cubano, debió llegar como una advertencia inevitable de que a su era le quedan pocos latidos.
Según cuenta Jon Lee Anderson en The New Yorker, cuando Plinio Apuleyo le preguntó a García Márquez por qué él no se había distanciado de Cuba, pese a la persecución en la isla a los contradictores políticos del régimen, incluyendo al poeta Heberto Padilla, el cataqueño respondió: “Porque tengo información mucho mejor y más directa, y una madurez política que me permite una compresión de la realidad más serena, paciente y humana”. Según Anderson, García Márquez se refería a su bien calibrada amistad con Fidel Castro. “Yo sé qué tan lejos puedo llegar con Fidel”, le explicó el Nobel al periodista del New Yorker en una entrevista en su lujoso apartamento sobre los cerros de Bogotá, decorado con Boteros y muebles de diseño. Se refería a su labor de años para interceder a favor de personas en la isla encarceladas por Castro.
Sobre todo lo de “humana” sorprende en alusión a un gobierno que en medio de un sorprendente experimento social y político ha cometido innumerables violaciones a los derechos humanos. “El problema cubano” de García Márquez ha sido detallado por varios escritores, y no es ámbito exclusivo de aquellos con cuyas esposas García Márquez tuvo una relación impropia (lo que se llevarán a la tumba será, en este punto, sólo el secreto de si hubo o no penetración).
Lucas Ospina, en La Silla Vacía, hace un oportuno recorrido por las contradicciones de García Márquez, su “totalitarium delirium” como lo llamaba otro de sus contradictores, el cubano Guillermo Cabrera Infante. Estas incómodas contradicciones fueron enterradas bajo ríos de devoción zalamera, creando un homenaje incompleto a un hombre que desde su literatura se construyó al fundir opuestos.
Podemos hoy decir que esa fusión funcionó mucho mejor en su literatura. Con algo de distancia ya del siglo XX se ha hecho más claro que la solidaridad y el amor de la izquierda armada revolucionaria no llegó a buen puerto, y sigue dejando muertos en Colombia. Por mágica que haya sonado hace años, la combinación de todas las formas de lucha, de armas y política, fracasó como proyecto para las naciones de América Latina.
Y como con García Márquez se murió un poquito de Fidel, la contribución final de su cuerpo —la de su mente perdurará en sus libros— empieza preparar la tumba de una época. Cuando se muera del todo Fidel, habrá que recoger y armar de nuevo los pedazos, por todo el continente, para escribir un futuro en el que ni el comandante, ni su cronista serán poderosos o geniales. María Fernanda Cabal sí tiene razón en algo, García Márquez y Fidel estarán juntos siempre.