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Humillación como rebelión

Daniel Pacheco
24 de octubre de 2016 – 09:00 p. m.

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En sus Cuadernos de campaña, Manuel Marulanda describió así el inicio de la lucha de autodefensas campesinas que luego se convertirían en las Farc:

“Era un proceso de aparición de una forma de lucha sin antecedentes inmediatos que surgía espontánea, nebulosamente, en el que los mismos campesinos se convertirían en protagonistas de su propia historia”.

Así, como una niebla tenue pero persistente, surgió de las montañas de Riochiquito, El Davis y Marquetalia la guerrilla de Marulanda. Y no sólo se convirtió en protagonista de su propia historia. Ahora, y de nuevo, las Farc son protagonistas de la historia del país.

Más allá de los méritos atroces o heroicos de lo que empezó con ese puñado de campesinos y que hoy es otro puñado de combatientes; más allá del ineludible sentimiento de fracaso propio por tener que negociar el destino de 50 millones con unos miles de armados, lo cierto es que la guerrilla está de nuevo en el centro del enredo que es Colombia. No solo eso. Tienen las puntas del ovillo.

Las propuestas del No llegan a La Habana cuando el panorama del país político está más o menos claro. Está más o menos claro que no habrá un gran pacto nacional. Está más o menos claro que el Gobierno buscará aprobar un acuerdo este año como sea. Está más o menos claro que la solidez y el futuro de ese acuerdo se refrendarán en las elecciones presidenciales del 2018. Y está más o menos claro que, más allá de los cientos de propuestas del No, lo que realmente le importa a la gente —no a los líderes del No— es que los comandantes de la guerrilla se sometan a algún tipo de reclusión y no hagan política al mismo tiempo.

Ceder en estos dos temas sería un acto de humillación heroica por parte de las Farc. Si ninguna guerrilla del mundo se ha sentado a negociar para terminar encerrados, las Farc podrían ser las primeras. Aceptar una medida de reclusión, por al menos una parte de lo que sea eventualmente su condena, y por esta vía renunciar a ocupar curules al menos a partir del 2018, sería un acto de martirio histórico que permitiría dejar en firme y con una buena dosis de legitimidad el resto de los acuerdos.

Una muestra de sometimiento para calmar la indignación y sed de venganza de los que “salieron a votar berracos” sería una especie de martirio. Un martirio en nombre de los que salieron a votar que Sí, en nombre de las víctimas, en nombre de las transformaciones del campo y la política que se supone están en el acuerdo, un martirio —y quién hubiera pensado— en nombre de los valores liberales y los derechos de minorías sexuales que ahora también están en juego.

Esta idea está tan llena de ingenuidad como la que tuvieron unos campesinos, hace casi 70 años, cuando pensaron que alzándose en armas iban a cambiar el país. Pagar el precio de una moderada humillación, un martirio simulado, por lo demás, sería un final apropiado para las Farc y un inicio ideal para el nuevo movimiento populista que lo venga a suceder.

@danielpacheco

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