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Según una encuesta de YouGov de febrero del 2018, el 2 % de los estadounidenses cree firmemente que la tierra es plana. Suena como un porcentaje marginal, pero suma más de seis millones de personas, casi la población de Bogotá. De estos, además, los jóvenes entre 18 y 24 años son los más proclives a pensar que vivimos sobre un disco que en su periferia tiene una enorme barrera de hielo que contiene las aguas del planeta.
“La razón por la que nosotros le estamos ganando a la ciencia es porque la ciencia solo nos tira matemáticas encima”, dice Mark Sargent, el famoso youtuber de 50 años que vive con su mamá a las afueras de Seattle y quien ha popularizado la teoría conspirativa de que la tierra es plana. “En cambio, yo les digo, miren, allá está Seattle”, dice Sargent, apuntando a los rascacielos de la ciudad a unos kilómetros de su casa, “una imagen vale más que mil palabras”.
Todo el mundo tiene derecho a creer lo que quiera. El problema con el surgimiento de teorías conspirativas es que dividen a las personas y a las sociedades de manera casi irremediable. No hay evidencia o argumento posible que funcione, y en esa medida el panorama se vuelve estéril para cualquier conversación. Incluso si la NASA le paga un pasaje a Sargent para ir a la estación espacial a mirar la tierra desde el espacio, él argumentaría —en el que sería sin duda su capítulo de YouTube más visto— que se trató de un montaje elaborado que probaría de manera aún más irrefutable que la tierra es plana.
En Colombia, las teorías de la conspiración que nos dividen son más terrenales. El caso Santrich se ha convertido en el muro infranqueable entre dos grupos de la sociedad, dos grupos mucho menos marginales que el 2 % de los defensores de la teoría del disco terrestre en EE. UU.
Para unos, el caso Santrich, ahora adobado con la captura del fiscal Bermeo de la JEP recibiendo plata, es una muestra de que el acuerdo de paz y la justicia transicional fueron pactados para beneficiar a las Farc y perseguir a sus opositores. La imagen difundida por la Fiscalía de Bermeo recibiendo un fajo de billetes lleva a figuras públicas del uribismo de primera línea, como Alfredo Rangel, a afirmar que eso es evidencia de que el dinero del soborno es “parte de los bienes que [las Farc] jamás entregaron”. Obviamente no importa que la Fiscalía haya afirmado que quienes hicieron los pagos eran agentes encubiertos de la entidad.
Para otros, la misma imagen es prueba irrefutable de lo contrario. “Basta de montajes”, escribe Rodrigo Londoño, a propósito del video de Bermeo. Las mismas imágenes se convierten en prueba de lo contrario: el caso Santrich demuestra que hay un plan de la Fiscalía, el gobierno Duque y EE. UU. para acabar con el proceso de paz.
Para quienes estamos esperando hechos, buscando puntos medios, dispuestos a oír argumentos y analizar pruebas, el ambiente alrededor de este caso se hace cada vez más asfixiante. La duda, el escepticismo, se convierten en pecado. Por ejemplo, escribe el excongresista Samuel Hoyos, quien dicen podría llegar al Gobierno: “Tienen que haber repartido mucho billete para evitar la extradición de Santrich, es impresionante la cantidad de defensores que tiene, desde políticos hasta periodistas”.
En medio de estos dos extremos —extremos de una convicción tan profunda que casi los exculpa de malas intenciones— veo unos instigadores que cargan más responsabilidad. Son los instigadores que lanzan sugerencias, o videos como el de la Fiscalía, los que dan la imagen para las mil palabras de los conspiradores, y se retiran a observar cómo se fortifican estos muros que dividen a la sociedad.