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La duda es evidente y tiene que ver con dos cosas: inexperiencia y cuestionables compañías.
Primero, la duda es que Iván Duque, hoy de 41 años, es el presidente más joven que tiene Colombia en 146 años, desde 1872, cuando Eustorgio Salgar fue elegido como mandatario de los Estados Unidos de Colombia a los 39. Este no es un dato menor. Matemáticamente, Duque es el presidente de quien menos tiempo hemos tenido desde don Eustorgio. Esa juventud viene además acompañada de una corta trayectoria, nula en el Ejecutivo, que impide hoy tener buenos antecedentes para saber realmente quién será el presidente Iván Duque.
La campaña de segunda vuelta poco sirvió para despejar esas dudas. Duque no se salió de un muy bien logrado y ejecutado empaque prefabricado de candidato, protegido por Uribe quien asumió el ataque a Petro. Y los grandes medios poco arañaron ese plástico al concentrar su escrutinio en las habilidades de equilibrio futbolístico, y las capacidades de entonación vallenata del presidente electo.
Lo segundo que genera dudas de Duque, sobre todo de su promesa “bandera” de luchar contra la corrupción y la politiquería, son las fuerzas políticas que lo eligieron: Álvaro Uribe y la Unidad Nacional que abandonó a Juan Manuel Santos. La votación en Antioquia de Duque, donde logra buena parte de la diferencia para derrotar a Petro, es una señal fuertemente sugestiva de que Duque sí fue quien dijo Uribe. El que Duque haya volteado departamentos como la Guajira y Córdoba, donde había ganado Petro en primera vuelta, tiene nombres propios de caciques políticos tradicionales, que por la puerta de adelante o de atrás pusieron votos, con la idea de cobrarlos por alguna ventanilla.
A pesar de lo anterior, creo que Iván Duque merece el beneficio de la duda (como también lo merecía Gustavo Petro). Si bien el apoyo de Uribe fue condición necesaria para elegirlo presidente, la historia de Óscar Iván Zuluaga sugiere que no era suficiente. Iván Duque, su inteligencia, su precoz madurez política, su preparación a pesar de la falta de experiencia, hacen pensar que recibirá la banda presidencial como el resultado de un raro avatar de la política atado a pocas deudas personales. La independencia del azar, la falta de antecedentes para su meteórico ascenso político, pueden ser un activo para un joven político que tiene conciencia histórica de las oportunidades que se le abren por delante para cambiar al país.
El agradecimiento a Uribe se podría tramitar por fuera de los extremos de títere ungido o el antecedente traidor, donde hay espacio para desarrollar un proyecto con sello propio, el duquismo que acuñó en su discurso de victoria. Duque, por otro lado, no ha acumulado el tiempo en la política para tener de esos esqueletos en el clóset que resultan tan útiles para la manipulación presidencial de los extorsionistas de la maquinaria política.
El peso de la banda presidencial, de las atribuciones constitucionales que reposan solo en los hombros del Iván Duque que he alcanzado a conocer me hacen darle el beneficio de la duda, con la ilusión de que por el bien de todos le vaya bien. Pero esta es una presidencia que arranca con la necesidad de probarse, con la dificultad de tener que demostrar independencia de la coalición que ayudó a elegirlo para poder cumplir con lo que le prometió el pasado domingo a la gente que votó, y a la que no votó por él.
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