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Parece que el fin sí justificó los medios

Daniel Pacheco
26 de julio de 2010 – 10:04 p. m.

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ESTA ES LA ÚLTIMA COLUMNA QUE escribo mientras Álvaro Uribe es presidente de Colombia. La ocasión llama a hacer todo tipo de balances.

Yo encontré una escena literaria para expresar lo que siento de su gobierno en El general en su laberinto, la novela de García Márquez sobre los últimos días de Simón Bolívar. De la sola referencia a esa novela, que tiene como eje al épico personaje de la vida nacional, es justo inferir que creo que Uribe pasará a la historia como un grande.

Será la historia la que defina si fue un gran presidente o un gran hp. Sin embargo, yo me inclino por la primera. Pero ese no es el punto de esta columna.

En la novela, Bolívar se detiene en un pueblito sobre el río Magdalena llamado Zambrano, donde el oligarca local lo invita a una cena de mantel y vajilla importada. Además de Bolívar, están invitados los distinguidos personajes del paupérrimo caserío, entre ellos un francés. Bolívar tiene que padecer la perorata del ilustrado sobre lo primitivo que es el pueblo colombiano en su política, en su cultura, en su educación… hasta que el Libertador lo interrumpe con un acalorado puñetazo sobre la mesa y dice: “Por favor, carajo, déjennos hacer nuestra edad media tranquilos”.

Durante su época, que empieza en la gobernación de Antioquia, Uribe logró un consenso nacional para hacer una pequeña edad media dentro de las exigencias mínimas de una república democrática. Ese consenso dejó por fuera a mucha gente, por supuesto. Los “franceses” en medios de comunicación, en las burguesías progresistas urbanas y algunos sectores de izquierda de la clase media. Gente con algún poder de expresión, pero escasa influencia inmediata.

A partir de ese consenso, el Presidente hizo una excelente gestión de su poder para superar las condiciones precarias de seguridad y autoestima de Colombia. Más allá de la ortodoxia de sus prácticas, logró elevar al país del fondo de la pirámide de Maslow, con asistencialismo para las necesidades fisiológicas, militarización para la seguridad y liderazgo para el sentido de pertenencia.

Cuando Colombia recobró su autoestima, hoy que esa edad media parece superada, se rompió el consenso, y así se lo hizo saber el país a Uribe. Un país que nunca renunció permanentemente a sus instituciones, ni a su democracia, ni a su desconfianza en los caudillos, por encantadores que éstos fueran. Negada la tercera reelección, el Presidente retrocedió con juicio a su origen republicano y entregó el poder.

Parece el final victorioso de una historia que deja tras de sí innumerables víctimas, innombrables atropellos y espantosas injusticias. Nos preguntaremos si el fin justificó los medios. La Colombia de hoy, comparada a la de antes, parece decir que sí. ¿Tal vez las cosas se pudieron hacer de otra manera?: por supuesto. Pero en los balances los pudieron no cuentan. Las cosas fueron como fueron, y punto.

El punto no está puesto. El peligro de saltarse los conductos regulares, dicen algunos, es que en el futuro los errores del pasado nos pasarán la cuenta. Por eso será la historia la que complemente la grandeza de Álvaro Uribe.

danielpachecosaenz@gmail.com

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