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Sigue haciendo carrera la idea de que Enrique Peñalosa es un incomprendido. Detrás de esta idea hay una cierta soberbia que supone que los bogotanos no aprecian algo que deberían apreciar, como las estaciones elevadas de metro frente a las ratoneras subterráneas. Además de esta tesis (¿estrategia?) hay un tratamiento mediático benévolo frente a sus errores, en ocasiones complaciente frente a sus mentiras, y a veces desequilibradamente favorable frente a sus propuestas.
La tesis de un Peñalosa incomprendido la lanzó la revista Semana al comenzar el año en su portada, en la que planteaba casi como un enigma que a Peñalosa le estuviera yendo mal en las encuestas. Un enigma que, como el titular sugiere, se resuelve con que la gente no sabe apreciar los logros presentes y no tiene paciencia para esperar los logros futuros del alcalde. Ah, claro, y que hay una conspiración de “izquierda” orquestada por Gustavo Petro para desprestigiar a Peñalosa.
Ernesto Cortes, editor en Jefe de El Tiempo y conocedor de Bogotá, añade a esta línea de análisis acerca del alcalde en su columna del pasado domingo en ese periódico (que no sobra decir, es una empresa del grupo Sarmiento Angulo, que además tiene grandes intereses en el sector de la construcción y la infraestructura, entre muchos otros).
Dice Cortés, citando a Peñalosa en la lujosa cartilla de sus logros que publicó este año, que el problema del alcalde es que tiene un proyecto a muy largo plazo, como debería ser, y que no está en los problemas del día a día. Esta sería la causa más importante para explicar por qué, según la última encuesta Polimétrica de Cifras y Conceptos, el 70 % de los bogotanos tengan una imagen desfavorable del alcalde y por qué el 58 % estaría dispuesto a votar favorablemente para revocarlo. O como lo explica Cortés: “Lo claro es que los tiempos del alcalde parecieran no ser los mismos de la gente”.
Pero este análisis deja de lado la posibilidad de que los bogotanos no le creen a la visión de largo plazo de Peñalosa y no consideran que sus salidas en falso sean meros problemas de imagen, sino uno de carácter. Un par de ejemplos.
Los títulos. Tal vez en la ciudad de 1988 decir una mentirilla en sus títulos académicos habría sido una falta menor. Tal vez entonces muy pocos sabían qué era un doctorado. Hoy no es el caso. El silencio del alcalde frente al tema, que es investigado en la Procuraduría, refuerza su soberbia frente a lo que juzga él son unas mentiras menores, las suyas, y otras mayores, las de sus opositores.
El metro. Aunque hoy el alcalde insiste en que el metro elevado es la única opción urbanística y financiera para la construcción del metro en Bogotá, y por eso justifica desechar los costosos estudios adelantados para el metro subterráneo en las dos anteriores alcaldías para construir lo que hoy le parecen son ratoneras. Pero hace solo cinco años opinaba, como lo dijo en Twitter en el 2012, que los metros elevados causaban “deterioro urbano”.
Tal vez lo que hoy más molesta a los bogotanos no es que sus problemas inmediatos están siendo aplazados por una visión de largo plazo, sino que empiezan a dudar de que haya una visión a largo plazo que involucre, solo por nombrar una cosa, un metro. En ese sentido, Peñalosa no sería tan incomprendido, como incomprensible. Porque si, como decía Santos, es de imbéciles no cambiar de opinión, ¿de qué será cambiar tanto y nunca reconocerlo?
@danielpacheco