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En la zona de frontera más poblada entre Colombia y Venezuela, entre Cúcuta y San Antonio del Táchira, los ecos de la confrontación entre chavistas y oposición tienen un color alejado de la política. La crisis adentro de Venezuela es acá una mezcla compleja de éxodo constante de jóvenes venezolanos buscando suerte en Ecuador, Perú, Chile y Colombia, de contrabando, de calor, de corrupción oficial binacional, de viento arenoso, de una economía fronteriza que ha funcionado desde hace más de 100 años en los grises de la legalidad y la formalidad, y de dos países con gente muy parecida.
Aquí la mayor preocupación alrededor de las marchas en el interior de Venezuela es si está abierta o no la carretera que viene de San Cristóbal, la ciudad venezolana más grande cerca de la frontera con Colombia. Acá la idea del desabastecimiento en Venezuela adquiere matices difíciles de entender cuando se ve el contrabando masivo de carne de res entrando a Colombia. Y por otro lado se confirma el desabastecimiento de bienes básicos cuando se ve en la tarde a las hordas de venezolanos cruzando de vuelta a su país desde Cúcuta con paquetes de pañales, papas, papel higiénico y mercancía.
En la frontera, un venezolano puede cruzar a Colombia buscando un medicamento que está escaso o agotado en su país, para encontrarlo con la etiqueta venezolana y a un precio en pesos que significa, luego del cambio de bolívares a pesos, un 10 % o 20 % de su salario mensual. Acá la inflación se mide en el peso de las bolsas negras donde los venezolanos cargan un kilo de billetes de 100 bolívares que no alcanza a ser 100.000 pesos colombianos.
El municipio de Cúcuta tiene, según el Censo del 2015, alrededor de 1’300.000 habitantes. La capital de Norte de Santander está rodeada por montañas escarpadas, un clima caliente y seco, y tierra árida. El principal cruce de frontera con Venezuela, La Parada es una aglomeración caótica y mugrosa de comercios de ropa, comida y medicinas, y casas de cambio sobre el río Táchira. La Parada gira alrededor del puente internacional Simón Bolívar, que sólo se puede cruzar a pie desde agosto del 2015, cuando se cerró el paso para vehículos, y de las decenas de pasos (“trochas”) ilegales controlados por paramilitares colombianos y la Guardia venezolana. Funcionan a escasos metros, a veces desde el puente mismo es posible ver las figuras de los “bachaqueros” cruzando el río pedregoso y pando con contrabando al hombro.
Por acá transitan diariamente, según cálculos extraoficiales de funcionarios colombianos, entre 40 y 50 mil personas. De ida y vuelta. De esos, nadie sabe cuántos se quedan en Colombia. Lo cierto es que al pasar el puente, del lado colombiano, se ven todos los días filas de familias con arrumes de maletas, en fila para sellar pasaportes y para comprar pasajes de bus para Ipiales, para Santiago de Chile, para Lima, para Bogotá, Medellín, Barranquilla y Cali.
La gente de la zona dice que el flujo de venezolanos saliendo de su país es, desde hace unos años, constante. Hay temores latentes de que una gran crisis en Venezuela genere una migración masiva. Por ahora, lo que se ve es un flujo permanente de entre 500 y 2.000 personas diarias que pasan por el puente para no volver, cansadas del hambre, cansadas del hampa, cansadas de la falta de futuro. Mañana podrían ser muchas más.