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A punta de publicidad y de adhesiones, Germán Vargas Lleras está luchando por levantar una candidatura que parece de plomo en las encuestas de opinión. El esfuerzo es un espectáculo extraordinario. Estamos presenciando la lucha por sobrevivir de un animal político enorme y poderoso, dándolo todo, sin tregua ni descanso. Vargas aún tiene esa mirada desafiante, pero a cinco semanas de las elecciones sus ojos empiezan a delatar la desesperación ante lo que alguna vez fue una posibilidad impensable: el fracaso. Peor aún, el fracaso en primera vuelta.
En la última encuesta de El Tiempo, Vargas sigue de cuarto, con 7,4%. Gana apenas medio punto en un mes de campaña, comparado con la última medición de esa misma encuesta. Está a 29 puntos de Duque, el primero, y a 20 puntos de Petro, el segundo. Incluso para alcanzar a Fajardo, Vargas casi tendría que duplicar su propia intención de voto, que no ha subido más de un punto desde el año pasado.
Para contrarrestar las encuestas, el nieto de expresidente se la ha jugado a fondo por las adhesiones. La del Partido de la U, que puso casi dos millones de votos en las legislativas, llega además con el guiño del presidente de turno (y los antecedentes de la financiación ilegal en la campaña del 2014). Confirmando para dónde fluye la maquinaria mercenaria, Vargas también recibió la adhesión parcial del Partido Conservador, y cuenta por supuesto con la de su propio partido, el segundo mayor elector de congresistas, Cambio Radical. Ya Álvaro Uribe anticipa que correrán ríos de plata en la primera vuelta. Es como si un sector mayoritario de los políticos profesionales de Colombia se resistiera a aceptar que el hombre que tenía todo lo necesario para ser presidente —el apellido, la plata, la experiencia, el programa, el apoyo de grandes medios y el del establecimiento bogotano— pueda fracasar. Al menos no en primera vuelta, parece ser la nueva forma de pensar.
Estamos frente a una estrategia con una máxima dosis de realismo en la que se aspira a mover alrededor de tres millones de votos amarrados para ganarle a Petro el paso a segunda vuelta. Daniel Samper Ospina lo resume en un trino, sumando otra temprana y sorprendente adhesión: “Colombia vuelve a ser Colombia: Vargas Lleras comienza a volverse la opción real para taparse las narices y votar por él con el fin de atajar a Uribe en segunda vuelta”. Daniel Coronell también se suma: “Creo poco probable que Germán Vargas pase a una segunda vuelta (si la hay), pero si así fuera votaría por él. Tengo muchos reparos sobre él y su campaña pero, aun así, me parece mejor que el retorno de Uribe, sus amigos, sus corruptelas y venganzas”.
El resultado de esta lucha política contra las preferencias de la mayoría de los votantes dirá cosas importantes sobre la democracia colombiana. Si la llamada polarización, entre el populismo uribista y el petrista, alcanza a dejar a Vargas por fuera de la segunda vuelta, será la primera derrota del establecimiento bogotano y la maquinaria política regional en una elección presidencial. De otro lado, será la primera victoria de una nueva política ideologizada (y, sí, polarizada), más democrática, pero probablemente también más peligrosa para las mismas instituciones que evolucionaron lo suficiente como para que ya en Colombia el presidente no sea el que digan los “doctores”.