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SI ESTE PAÍS TIENE UN APETITO FINITO para la guerra lo veremos en los próximos meses.
Es muy difícil hacer política evitando muertes, vendiendo una idea contra fáctica de la paz que está más cerca que nunca pero ni siquiera a la vista aún. Al presidente Santos le ha ido pésimo. Según la fundación Paz y Reconciliación, que hace seguimiento del conflicto, durante el cese al fuego de las Farc se evitaron muertes y heridas a 614 combatientes. Durante más o menos el mismo periodo la imagen positiva de Santos cayó del 43% en febrero, a 29% en abril, según la encuesta Gallup. Los golpes de la semana pasada, y de este fin de semana, donde han muerto en diferentes operaciones y bombardeos alrededor de 37 guerrilleros, deberían llegar como un bálsamo para la imagen del presidente. La cremita ya fue comprobada con los golpes a Alfonso Cano y al Mono Jojoy. Es la receta de su poción presidenciable, desarrollada en julio de 2008, cuando se adelantó a anunciar el éxito de la operación Jaque ante el mundo entro. Ese tapete de cadáveres subversivos, entre los cuales aún no sabemos cuántos eran menores de edad, y a los que en Colombia poco nos interesa saber cómo se llamaban, ni quiénes eran, ni escuchar el dolor de sus madres, podría perversamente convertirse en un impulso para el trecho final del proceso de paz. El cinismo no es mío. Es el de décadas de conflicto. La piel curtida del país es ahora su mejor esperanza. Por eso es increíble que sea el mayor guerrerista de la historia reciente de Colombia, Álvaro Uribe, y para quien el mote es un orgullo, quien venga a denunciar la postura “antiética” de negociar en medio del conflicto. Mientras su gobierno tenía concentrados a los jefes paramilitares en Ralito, Córdoba, vale la pena recordarlo, se siguieron cometiendo masacres espantosas, como la de Bahía Portete, en la Guajira. Pero si el uribismo fue efectivo para endurecernos la piel, también lo ha sido para cuartearla. La muerte de los 11 soldados emboscados en el Cauca se convirtió en una mina de mártires. Una fabricación que curiosamente nadie había explotado, por ejemplo en el 2005, cuando el pico de la ofensiva militar contra la guerrilla costó la vida de 717 soldados y policías en un solo año.Es momento de volver a ponerse duros y perseverar. Sin avances claros en la mesa a las preguntas clave que quedan sobre justicia y el fin de la guerra, ninguna misión de desminado conjunto va ganar buena voluntad. El desescalamiento del conflicto no funcionó. El cese al fuego bilateral no declarado que tenían Farc y Gobierno fracasó. Y los llamados a buscar soluciones creativas no soportarán la prueba del escepticismo que con tanto esfuerzo han consolidado las Farc entre la gran mayoría de colombianos. En la impavidez ante los baños de sangre —tal vez lo peor de nuestro talante nacional— está la fuerza para aguantar hasta que la guerrilla entienda que nunca encontrará una propuesta más generosa para acabar la guerra. Y si no lo entiende, para seguir librándola.