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La decadencia aparente de la supremacía de Estados Unidos ha generado un gran debate acerca de cómo podría cambiar la dinámica de los poderes en el mundo.
Desde el punto de vista latinoamericano, con tan poca influencia geopolítica, la única ventaja es una cierta resignación que nos permite ser contempladores totales de lo que ocurre.
Bueno, tal vez no concuerden algunos presidentes latinoamericanos. Pero los delirios de poder son inevitables a esas alturas; tanto los del santismo bolivariano, que parece pensar que blindar economías con una integración suramericana es igual de fácil a blindar carros y gabardinas (para lo que sí somos muy buenos los colombianos); como los del evismo disparatado, que busca la inestabilidad en el mundo desarrollado, para encontrar la reivindicación del nuevo orden socialista que los mismos bolivianos siguen buscando.
Pero entre tanto dato pintoresco, en la especulación sobre un futuro sin Estados Unidos como protagonista es difícil imaginarse algo positivo. Y no por una aversión a la inestabilidad, sino porque todo indica que la suerte del mundo a largo plazo sigue atada a la de Estados Unidos.
En el análisis actual un escenario de relevo entre superpotencias es imposible. Los manuales de la Guerra Fría no sirven en un mundo globalizado. ¿Cómo afianzaría China, por nombrar al candidato más probable, su poder sobre el mundo si no tiene a Estados Unidos, su socio comercial más importante, para comprar todas sus exportaciones?
En este punto mueren las apuestas sobre reemplazos, en la mayoría de los debates sensatos. La discusión retrocede a las fronteras del coloso americano, donde ellos mismos se inventaron un término que es perfecto para describirlos: too big to fail, muy grande para fallar. Si se hunden los gringos, nos hundimos todos, comenzando por los socialistas.
Y es ahí, de vuelta al debate interno en Estados Unidos, donde se deberían prender las alarmas reales del Apocalipsis. Robert Kagan, un analista del Brookings Institute de Washington, lo resumió magistralmente: “Parece que nos vamos a suicidar para evitar la muerte”. Kagan hablaba sobre la tentación generalizada de empezar a recortar dinero, influencia, ambiciones y trascendencia al sueño americano de supremacía mundial.
Y no se trata simplemente de las voces radicales del Tea Party que quieren recortar desde las contribuciones de la OEA hasta la ayuda humanitaria a Somalia. El complejo de inferioridad viene desde la cabeza, en el discurso más elocuente del presidente Obama.
Su declaración sobre la intervención en Libia fue un homenaje a la modestia. Y si eventos como estos, “entre socios iguales”, en los que los ejércitos más poderosos del mundo se demoraron casi cinco meses en sacar de una ciudad a un dictador decadente, son una muestra de lo que viene, seremos los convidados de piedra a un muy lento y doloroso suicido mundial.