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«HAGAMOS COMO LOS ASIÁTICOS, que dedican un 80% a pensar en el futuro y sólo un 20% a pensar en el pasado», ha repetido en varias ocasiones el presidente Santos.
Esta frase en particular creo que está llena de significado para entender la posición que quiere tomarse Santos como líder en la historia de Colombia. Y aunque en su discurso la dicotomía entre el pasado y el futuro se camufla hábilmente de aires orientales, lo que propone podría cambiar profundamente la discusión intelectual de las últimas décadas en el país.
Desde los sesenta hasta hoy, muchos intelectuales insisten en que para poder proyectarse hacia el futuro Colombia necesita arreglar sus problemas del pasado. Pasan las décadas y los problemas se acumulan haciendo cada vez más dolorosa y complicada la mirada retrospectiva. Cada nuevo fracaso se pone como evidencia de que las “causas del problema” están irresueltas y, por lo tanto, cualquier futuro está destinado al fracaso si no se hace una pausa para volver atrás.
Curiosamente, desde una orilla ideológica opuesta, el gobierno anterior también se zambulló gustoso en esta discusión. En su retrospección histórica (y su afán por reescribirla) los uribistas veían problemas totalmente distintos, pero delataban la misma afinidad por el pasado, por ejemplo, al denunciar la soterrada justificación a la rebelión de parte de una generación.
La posición del nuevo gobierno parece concederle algo de razón a la visión retrospectiva. Con las leyes de víctimas y tierras Santos ha dicho que espera que podamos invertir la situación “muy latinoamericana” de “anclarnos en el pasado estimulando odios y venganzas”. Y un punto de partida más favorable, si es que uno concede que el país avanzó en los últimos ocho años, le permite a Santos hablar con cierto optimismo de cerrar el ciclo.
Sin embargo, pareciera que la fe del presidente está más inclinada, en un 80%, hacia el futuro, sin importar cuánto se curen en realidad las viejas heridas. El mejor ejemplo de esta posición es la propuesta de construir una ciudad nueva en la costa Caribe.
Este modelo de desarrollo está inspirado en los buenos resultados de Hong Kong y Shenzhen. Uno de sus promotores más notables es el economista Paul Romer. Según Romer, varios países disfuncionales pueden acelerar su desarrollo creando nuevas ciudades, con nuevas reglas distintas a las del resto del país. Por medio de estos oasis de competitividad, construidos en áreas vacías, física e históricamente, los Estados pueden impulsar su desarrollo, crear empleo y superar la pobreza, sin tener que dirigirse a las cuestiones fundamentales que las han aquejado de tiempo atrás.
Más allá de si uno está de acuerdo o no con la ciudad, las aproximaciones de este tipo rompen con viejos conceptos que han sido predominantes en el debate acerca del futuro de Colombia. En la manera de mirar hacia adelante se empiezan a considerar opciones para las cuales el pasado es irrelevante. Como el de una ciudad en el aire, “pa’ que no la moleste nadie”.