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CIRCULA CORREO CON IMÁGENES explícitas de las víctimas de la masacre de 12 indígenas awá del 26 de agosto cuando alguien llegó de madrugada a la reserva Gran Rosario, municipio de Tumaco, y asesinó a las personas en sus casas. Entre los muertos hubo cinco niños, incluido un bebé de 8 meses.
Ha pasado casi un mes desde la masacre, y las imágenes no han aparecido en medios de comunicación, por lo que supongo que nunca serán publicadas. Yo las vi hace un par de días. Sobre todo esta imagen es difícil de olvidar:
Tres cuerpecitos desparramados en el piso frente a una pared. Un niño, una niña y un bebé. El tablado del piso y el tablado de la pared se distinguen sólo por el polvillo amarilloso que cubre el piso. Hay ranuras entre tabla y tabla por donde entra luz y se escurre la sangre de los niños, que por lo demás cubre copiosamente toda la escena: en chorros, salpicaduras, manchas restregadas sobre los cuerpos, gotas desparramadas sobre la piel, la ropa y la madera.
Las piernas de la niña son las únicas que están estiradas. Está acostada boca arriba con el torso curvado y la cabeza de lado presionada contra la pared. Su ropa está teñida de rojo: una pantaloneta blanca y una camiseta amarilla. La piel morena y un poco pálida de sus piernas está cubierta de salpicaduras. Su cara está limpia. Sus ojos y su boca quedaron entre abiertas, mostrando el blanco de los dientes y de los globos oculares. Su pelo liso y negro se desordena un poco sobre las tablas del piso. Su brazo izquierdo queda dispuesto junto a su cuerpo y su mano se abre mostrando la palma.
A su derecha están los dos cuerpos del niño y el bebé. El niño está acurrucado sobre su costado, con la espalda contra la pared. Es un poco más grande que la niña. ¿Siete años tal vez? Tiene ropa azul: el pantalón largo y la camiseta de mangas cortas son del mismo color. Su brazo izquierdo descansa separado de su pecho y se entrecruza con el del bebé. Bajo su cabeza hay gran charco de sesos y sangre. La mitad de su cara queda oculta bajo las manchas rojas y los rastros de gotas gruesas cruzan su labio superior y su nariz.
Con las piernas dobladas de forma que sus rodillas se levantan un poco, el pequeño cuerpo del bebé cabe en espacio entre las piernas y el brazo del niño. Su coronilla está cubierta por un pelo delgado y ralo, con pegotes aquí y allá. Su brazo derecho queda apoyado sobre su pecho, cubierto por una camiseta blanca bañada de rojo. A menos de un metro se dibuja una huella de bota.
Observar la imagen desnuda, sin metáforas, sin juicios, tiene consecuencias perceptibles. Incomodidad, asco, tristeza, miedo. Casi es como ponerse en el lugar de las víctimas, si no fuera eso lógicamente imposible frente a un cadáver. Más allá de la impresión, ¿quedará algo duradero? No sé. Pero en caso afirmativo, lo que quede creo que empieza en esa sensación íntima de que la sangre que fluye ahora por nuestras venas, fue en otros humanos derramada sobre el piso de su propia casa.