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Hace unos días a Nairo se le vinieron encima por mostrar que es humano. En una de las etapas más difíciles del evento más exigente del planeta, subiendo el mítico Tourmalet, se cansó, no estuvo en todo su potencial. Un reflejo de una parte detestable de la sociedad colombiana. Minoría que se nutre, envenenándose en el camino, con el dolor ajeno.
Mezquinos, odiosos y cizañeros, solamente les cabe la crítica. Nada de construir, todo es destrucción. Implacables a la hora del juicio, incapaces de ver la viga en el ojo ajeno, pero microscópicos para ver la paja en el ojo del otro.
Y como si fuera poco, muchas veces son los primeros en estar ahí para sacar pecho colectivo en las victorias. “Ganamos”, “vamos de primeros”, “nos falta una etapa para la victoria”. La celebran como propia solamente para volver a sacar el odio y la cizaña cuando aparece la próxima dificultad.
Afortunadamente son pocos. Para el resto, es demasiada la emoción de ver a Egan ser el primer latinoamericano en ganar el Tour de Francia o a Nairo ganando una etapa de ese evento, sin duda alguna el más exigente del planeta, tanto física como mentalmente. No hay ningún otro que ni se le acerque. Hay que montarse en una bicicleta y andar para medio comenzar a entender qué es correr un Tour.
Se siente orgullo patrio, alegría, algo de esperanza en el futuro. Se siente que Colombia, con sus hermosuras, bondades, dificultades y enormes retos que a veces parecen infranqueables, tiene una luz que permite pensar positivamente en lo que viene.
Pero de ahí a arroparse con un triunfo colectivo hay un trecho. El triunfo es de Egan y su equipo. El triunfo es de Nairo, de Rigo, de Cabal y de Farah. De Mariana Pajón, de Caterine Ibargüen y de tantos otros que con su esfuerzo durante la historia construyeron el presente, aquellos que día a día dejan el sudor y la piel en una cancha, una pista, una carretera.
Aquí no hay colectividad, no hay plural, no hay “ganamos”. El Tour no es “nuestro”. Es de Egan. Hay orgullo patrio, hay emoción para un país que la necesita más que nunca. Pero, sobre todo, hay unos luchadores que, con un sacrificio de una enormidad que es imposible describir con palabras, dejan su nombre y el nombre de Colombia en lo más alto de la cumbre deportiva mundial.
Este es un triunfo de sus familias, que comparten ese sacrificio, que se dedican a sacar adelante un talento que merece la pena cultivar. Dejando de lado sueños personales, muchas veces pasando dificultades, todo por la ilusión de un podio, una medalla, una copa, un triunfo. Buscando un camino hacia algo mejor en un país donde se cierran muchas más puertas de las que se abren.
Se lo merecen todo y mucho más. Grandes, enormes, heroicos. Nosotros, el resto de los mortales, gocemos estos momentos históricos. Sin duda este ha sido el año dorado del deporte colombiano, con el más importante triunfo en la historia, el Tour de Francia. Todos nos sentimos enormemente orgullosos —así sea por un ratico— de haber nacido en este rincón del mundo. Y los titanes como Egan y Nairo ahora que disfruten el triunfo que es suyo, de sus familias, de su sacrificio. A ellos y a todos los demás que dejan en alto el nombre de Colombia, una, mil, un millón de veces: gracias.
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