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Es abrumador el momento que vivimos como especie. Una amenaza real natural desafía la forma de vivir que se comenzó a construir desde el final de las guerras mundiales. Y, la verdad, pocos sabemos qué hacer.
Muchos se refieren al modelo chino, otros al italiano, unos más al español y otros tantos al coreano. Pero, ¿a qué se refieren exactamente? Estos son modelos de política pública, no modelos del impacto ni la tasa de contagio del SARS-CoV-2. Por definición, es imposible predecir cómo la aplicación de un modelo u otro afectará el comportamiento del virus en una población.
Para esto hay que ser mucho más precisos en los datos. Para tener algún tipo de cuantificación real sobre el impacto del virus y el contagio, hay que corregir por demografía —qué tantos viejos o jóvenes hay en la población—, por hábitos y estado de salud —qué tantos fumadores hay, qué tanto ejercicio se hace, qué tan bien equipado está el sistema inmunológico—, por las condiciones ambientales —temperatura, humedad, radiación solar—. Todas estas cosas afectan el virus.
Sin embargo, sí hay ciertos elementos ya confirmados. El primero es que la principal forma de transmisión del virus es el contacto de una persona sana con otra portadora, a través de las micropartículas que cargan el virus, mucho más que el contacto vía superficies. El segundo, derivado del primero, es que alguna forma de aislamiento social es tal vez la única de la que se sabe hoy en día para detener la velocidad de contagio.
El aislamiento social tiene, desafortunadamente, unas consecuencias muy difíciles de medir y extremadamente complejas. Solo sabremos hasta dentro de varios meses, o incluso años, cuáles son los costos reales del aislamiento absoluto. Muchos dicen que la economía no sobrevive sin las medidas de cuarentena que anunció el Gobierno Nacional. Lo complejo del asunto es que a lo mejor no sobrevive con ellas tampoco.
El balance crítico es lograr parar el contagio del virus sin perder la lucha contra la pobreza, que tanto esfuerzo le ha costado al país, y sin apretar demasiado el aparato productivo. Tan grave es el virus como el masivo desempleo o el desabastecimiento, los cuales pueden durar más que el virus. ¿Cómo será tener 30 % o más de desempleo? ¿O perder 8 o 10 % de reducción en pobreza? ¿O ver los ahorros de los colombianos disminuidos en 50 %? Esos son todos escenarios posibles con medidas extremas. De hecho, Goldman Sachs ha estimado que el PIB de Estados Unidos, durante este trimestre, puede caer 24 %, y ellos sin cuarentena.
El balance entre la política pública de aislamiento social y el resto de dimensiones de la vida humana es supremamente delicado en circunstancias como las actuales. Y solamente los datos y el análisis permitirían lograr tener políticas más acertadas. Por fortuna, fuentes del Gobierno han manifestado que han hecho todos los análisis con modelos epidemiológicos predictivos, ojalá incorporando los factores particulares de Colombia y ojalá también midiendo los efectos en la economía. Porque recurrir a los extremos a veces es la única solución, con consecuencias incalculables.
Ojalá que los gobiernos nacional y locales tengan el temple y la cabeza fría para guiar a la sociedad por esta crisis. Mientras tanto, nos corresponde a todos los ciudadanos la responsabilidad de aislarnos y actuar con toda la cautela y prudencia, sin pánico ni exageraciones, para ver si logramos ponerle una talanquera a lo que se nos vino encima. Algún día nos despertaremos habiendo superado lo peor del virus, pero con un panorama económico que hoy nadie se puede imaginar.