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Amores obvios y otros que no

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Enamorarse es un acto que sucede casi todos los días, pero construir amores parece ser un oficio algo más complejo. Enamorarse acontece, y acontece con intensidad en fiestas y calles, en el mar y con bikini, con miradas y guiños, con apretujes y sin ellos.

Enamorarse es parte de la adrenalina cotidiana. Eventillo sin ley y ágil en extremo, no deja tiempo para el fastidio. Le sucede a los que presumen de libertad y a los presos; a los que compran lo que les venden, cambian lo inservible, exigen devoluciones y vuelven a enamorarse. Tan delicioso, tan lleno de chispas y tan ansioso de anhelos que cabeza, columna y pubis brillan al mismo tiempo que ojos y sonrisa. El olfato se activa y el resto es conocido: se mezclan los placeres con las ilusiones y las realidades con las impaciencias. Es el mundillo de la gratificación veloz y de los apegos como símbolo de la perfecta tiranía del orgasmo fácil. Y en este escenario de derrotas suicidas crecen y se cultivan de incógnito, invisibles, sin nombre, todos esos encuentros que son los valles, las flores, los aromas simples pero inconfundibles. Encuentros que no tienen afanes ni perspectivas de cuentos con perdices felices. Vienen de la lentitud de la cocción, de los ingredientes habituales, y deambulan por una dimensión sin tiempo porque son tan valientes que vuelan libres de expectativas. Esos amores que son como el presente, de larga respiración, tienen el nombre que han tenido siempre porque ya no quieren otro. Son como los amigos, la canela, la vejez, el jardín, la luz, el camino. Hay amores que son el juego del reconocerse, del dar, del saber, de la unión y, a veces, se parecen a la simple compañía o a la cama compartida. Y también pueden ser locura, tensión, incomprensión, rabia y dolor. Amores que no parecen amores porque están repletos de voluntad y de razón. Este tipo de amores confluyen en uno solo: son todos el mismo. El que nunca se va. El que está. Es el que es. Es un amor que no pertenece a nadie y que nadie puede impedir. No conoce amenazas. Es el amor que habla de lo finito y que, sin ser recetas de armario, es la gentileza, el espacio, la suavidad y el respeto. Este amor tiene más de la vida que se lleva adentro que de la posesión obtusa del otro. Es el amor que va tejiendo al mezclar los colores. Es el tiempo innegable de los magos y el sabor de un buen cocido. Enamorarse es obvio; desenredar el amor parece que es otra cosa. otro.itinerario@gmail.com

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