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Arrimarse a la hechicería barata tiene sus encantos. Permite atar al marido, ponerle zancadilla al jefe, espantar a los amargados o desalojar a la insoportable vecina.
Enredos que reflejan más el ansioso itinerario de los siete pecados capitales que el éxito del prodigio mágico. En cada cierre de ciclo se anhela lo glorioso, pero por el temor al no sé qué vamos cayendo en las trampas de deseos viles hasta ser habitantes de un asqueroso inframundo. Para esas ocasiones, y si algo no sale como era esperado, la hechicera de la esquina aparecerá con variedad de pócimas y muy dispuesta a ser culpada de todo mal. Excelente solución.
En todo caso, para darle un buen puntapié a la mala suerte o a los amores enconados, más vale escoger el amuleto adecuado. Pueden ser imágenes, velas, cuencos, sonidos, cristales, sahumerios, todos tan útiles como innecesarios. Útiles porque perpetúan la confianza como cuando se enciende una vela y, con dedicación y serenidad, se piensa en el bienestar de un ser querido. Innecesarios como cuando reproducen el sinsentido creyendo que un maligno es la causa de los errores. El conjuro real y amoroso es el de la renovación de los acuerdos, los tiempos y los oficios; el de la invocación del cielo y la tierra; el de atraer los paraísos perdidos y la buena fe; el de repartir los panes y las sonrisas, o el de espantar el abandono con gestos amables. Es decir, el de la unión. Esa unión sublime con el otro y con el todo. Esa unión simple que no tiene secta, dueño o apellido. Con o sin amuletos, honrar esa misteriosa religión obliga a respirar un instante y retornar lentamente a aquella caverna personal para afirmar que lo real, en el pozo del alma, es esa conexión al presente, a los otros y a la tierra, porque es en todo eso donde encontramos guarida, cama, comida y calor.
La eterna historia del animal humano es bailar alrededor del fuego para ahuyentar a los lobos y los malos espíritus como parte de ese ritual añorado, reconfortante y reparador. En todo principio de ciclo es preciso despertar al chamán de la tribu que llevamos dentro y dejar que la fuerza de la vida nos inunde. Transformar las propias circunstancias pasa por vaciar el pasado e invocar lo nuevo, y esto resulta tan simple como envolver los billetes en celofán rojo, correr con la maleta y rociar champán de marca. Comunión y libertad; magia y plegaria; renovación y desapego; vida y otra vida; quietud y celebración, son todas las caras de una misma moneda para desendemoniar los males sociales que respiramos y reproducimos sin misericordia: exclusión, desigualdad, codicia y agresión. Y aunque son muchos más los males ávidos de amuletos, es de buenas costumbres callarlos para permitir que encarne la inocencia del nuevo año.
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