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Artefactos

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Los magos fabrican sus artefactos. Cocinan sapos y buscan desesperados las colas de ratón perdidas.

Hacen explosiones en luna llena y sus aprendices recogen predicciones inservibles y mandrágoras exhaustas. Aparecen y desaparecen con los tiempos, siembran, crean, inventan, sueñan. Sus lenguajes siempre serán secretos. Y aunque tanto desorden parece cosa de otros tiempos, hoy cada quien persigue sus propios espectros y acaba debajo de las camas buscando sus camándulas perdidas. Si los días se ponen agudos, las más secretas hierbas son parte de los conjuros para cambiar los ciclos, o las velas, el desayuno diario. Esperanzas, peticiones, ruegos y promesas son el alimento para quienes especulan con la verdad, el más allá, la locura o la pobreza.

Observador de galaxias y sensible a los cambios de luna, el ser humano hoy sigue de búsqueda. Cree en tecnologías precisas que lo globalizan y le dan un punto cero casi cierto: el Big Bang o el apellido familiar. Pero con todo y el sistema binario de cualquier banda tecnológica, no hay manera de evadir la mente más mágica ni las ilusiones más inconcebibles. Son las pequeñas ceremonias diarias las que le dan el sentido a la vida: días para sembrar, días para amar, días para darle la vuelta al destino. Conjuros que se cuelan en el jabón de avena o en las posiciones de yoga que conectan el alma. Cada cuarzo y reflejo de sol encapsulado es la semilla de un nuevo año, amor o negocio. Mostaza, albahaca y el ojo de tigre nos hacen ser esos viejos chamanes que se inventaban el fuego o forjaban el hierro para torcerle el cuello a la fiera de turno.

Los seres de hoy siguen siendo los seres de ayer, seres en busca de elíxires de la juventud o llenos de amasijos para aquel sexo que ya no volvió. Rezos que reclaman el amor perdido o efectos placebo que espantan la muerte y a la cual ni la química le hace mella. Nada queda excluido de un mejor bienestar perseguido con avidez por productos, ideas, caprichos y mezclas amatorias. Mundo de consumo. Mundo de artefactos. Miradas hacia afuera que evidencian el aturdimiento.

Y con cada artilugio místico, religioso, chamánico o, incluso, con cada trivial pensamiento de esperanza, se busca anclar la inmensidad del infinito en la pequeñez de un mundo que no ofrece certezas ni hace al más exitoso feliz. Ciencia, religión o simple hechicería confluyen en el misterioso mundo de la mente de un moderno ser humano que, hasta hace muy poco, se defendía de leones, tigres o bisontes. Su miedo a no existir, a no ser nadie, al desamparo absoluto, no lo deja dar el salto hacia ese sueño de reconstruirse sin muletillas. Hoy, cuando el futuro ya llegó, sigue siendo el mismo brujo desnudo de otros tiempos y sigue dejando de lado la más interesante de sus posibilidades: la aventura interior del mago que descubre que sus artefactos le son inútiles.

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