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Sin darnos cuenta nos vamos metiendo en los afanes de los días y cuando logran acomodarse en la conciencia, desalojarlos requiere de pequeños actos de rebeldía cotidiana.
Y no puede ser una rebeldía cualquiera, tamizada de pereza o excusas indescifrables, sino más bien de esa que contenga una clandestina dosis de cuidado y alegría. En un mundo en que el movimiento es una consigna, observar el afán que cargamos nos permite recuperar la dosis de autonomía esencial para respirar con atención como mínimo una sola vez al día. Hay que notar y anotar, por ejemplo, si solemos olvidar el encargo de otros o, tal vez, se nos escurre, día de por medio, el paraguas detrás de la silla de un café o si, de tanto afán, olvidamos gafas, billetera, lápiz, afecto, maletas, dietas, cremas, acuerdos, hijos, respetos y cuidados.
Del afán no queda sino el cansancio, dice el dicho, que de caprichoso tiene poco. Viene acompañado de justificadas ambiciones por llegar primero, por ganarle al vecino, por ser más sabio, menos inútil, menos feo, más atractivo y más espiritual. Milenario aliado del ego, el afán trae las incomodidades de cualquier enfermedad que nos impide andar o la reiterada preocupación por una arruga que llega para quedarse. El afán acelera la respiración, agita el latido de los corazones y espanta la escucha del cuerpo. Es justo ese consejero que no debemos contratar cuando nos jugamos la vida en las decisiones profesionales o en los encuentros de la sensatez y de los besos.
En el yoga, la conciencia se gana con la atención en la respiración y en la observación consciente de las actitudes que parecen necesarias y evidentes en nuestro deambular cotidiano. El ir con atención y caminar más despacio, durante las actividades cotidianas, es una práctica que contrarresta errores, despeja el camino de culpas y previene consecuencias indeseables. Nos hace maestros de un destino que debe ser nuestro ahora y afina las habilidades del buen cazador que sabe que, si se apresura, su única presa será el fracaso. Dejar la afanosa actitud, recuperar la versatilidad, nos permite ser más flexibles que rígidos y, sobre todo, más acertados que impositivos. Dejar la prisa puede hacer que nos encontremos de frente con la creatividad, la serenidad, la paz, las ideas de otros y, por qué no, con los amores inexplorados.
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