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El cuerpo tiene sus arrebatos espontáneos y en él existen lugares insospechados. Detrás de la frente hay un lugar desconocido y que confunde a los realistas.
No puede ser hallado sin las coordenadas precisas de la brújula corporal y si se busca en exceso es síntoma de ambición tosca o de uno que otro desarreglo hormonal. Territorio de neblinas y tan real como la luz del sol, es como un espacio lleno o vacío según el día, la hora y el cuerpo. Cascada sin exclusas, distrito para todos los colores y habitación de un único eco, jnana chaksu es el diván del sonido propio en donde la fascinación es silencio.
Encontrarlo puede ser un enigma, dicen los upanishads. Está más acá de la mitad de la cabeza, vive no muy debajo de la coronilla y surge dos vértebras más arriba del cuello sin jamás estar cerca de él. Este lugar de visión profunda puede estar unos centímetros detrás de la frente y en línea sinuosa con la columna vertebral. Real y concreto, es escurridizo y obliga a desarrugar la frente y levantar las cejas para poder llegar sin espantarlo. Hay que caminar en línea recta hasta el centro del cerebro y cuidar en no seguir derecho y salir por la parte trasera de la cabeza. La mayoría de las veces anda solitario con dos alas volando entre oreja y oreja siendo uno con la nada como para que no se sepa de su existencia.
En sánscrito, jnana es ‘conocimiento’ y chaksu significa ‘ojo’, por lo que, mal traducido, aquél exótico e inasible lugar corporal es una ciudad de mil puertas llamada el ojo del conocimiento. Es un ojo que mira para ver, un ojo que existe sin existir, un ojo hecho de sabiduría y de vacío; un ojo que mira con aspiración de permanencia en el cambio y que puede ver lo de antes, lo de ahora y lo de mañana. Un ojo sin juicios y amoroso, compasivo y sin exigencias, sin necesidades y desprovisto de ilusiones románticas. Para hallar este lugar hay que tener vocación de peregrino y saber cómo caminar hacia adentro aunque su mística no pueda ser venerada. Hay que respirar aún más lento que de costumbre; hay que permanecer más quieto, más alerta y menos cautivo que nunca para que el silencio no se desacomode. Resulta imposible encontrarlo sin primero imaginarlo ya que nada lo aprisiona y todo lo contiene. Tampoco sirve perseguirlo, comprarlo o definirlo y mucho menos negarlo, aunque resulta cierto que el no haberlo sentido es la gran diferencia entre una vida que ha pulsado y una que no.
Ni simple ni inútil, jnana chaksu puede ser como la piel misma y la infinitud del punto. Habla sin decir y se expande sin avisar. Para algunos, es una puerta hacia la felicidad del conocimiento y la locura de una quietud que acoge y ama. Este tercer ojo es el acto de ver la realidad que no podemos ver con los ojos abiertos.